Creo que es la primera vez que veo un Documental en salas. Estoy acostumbrado a verlos en casa, en el National Geographic, Discovery o alguno similar. Y la experiencia ha sido estupenda.
Además La Sal de la tierra es la primera película-documental que veo de Wim Wenders, ese genio alemán que tiempo atrás logró algunas innovaciones en el arte de la narrativa cinematográfica. Para esta nueva incursión, nos muestra su amor por la fotografía, un arte que personalmente no me ha llamado nunca especialmente la atención, aunque se apreciarlo perfectamente.
Desde luego, las dos horas de La Sal de la Tierra están llenas, ante todo, de pasión, de un sentimiento muy fuerte por las imágenes. Cualquiera que se adentre a ver este documental, saldrá maravillado ante el poderío de los paisajes que se nos muestran, y también con el alma encogida ante los horrores que nos relata el protagonista de este relato, el fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado.
En La Sal de la tierra Wim Wenders se encuentra con Sebastiao y con su hijo Juliano, quien ha seguido los pasos de su padre, para hacer un recorrido autobiográfico sobre la carrera como fotógrafo llevada por este genio. Sebastiao comenzó como Fotógrafo Social, retratando diferentes miserias humanas, como la situación de Kuwait durante la Guerra del Golfo, y los estremecedores hechos de Ruanda y el Congo, acontecimientos que hoy día están un tanto olvidados y que las imágenes nos relatan con todo lujo de detalles.
No me refiero a sangre ni vísceras ni nada parecido, pero sí vemos cadáveres amontonados, y ante todo, rostros humanos mirando al zoom de la cámara, suplicantes por una ayuda. Los ojos de esas personas gritan socorro sin que nosotros podamos hacer nada. Esta es la parte en la que queda patente la visión negativa del hombre como el animal más peligroso, como un destructor de todo.
Y es quizás la parte de más ritmo de todo el documental, porque cuando entramos en la etapa naturalista de Sebastiao, la narración de La Sal de la tierra se vuelve más pesada, pues intenta además lanzarnos un mensaje ecologista de lo más habitual en el cine: la Naturaleza se puede recuperar.
Hasta aquí, nada que objetar. Porque el fotógrafo nos pone delante de nuestras narices el nivel de barbarie que puede alcanzar el Hombre, no solo para con sus semejantes, sino con los demás elementos de la Naturaleza. Pero entonces surge la cuestión:
¿Y cómo se puede solucionar esto?
Desde luego, y este es el motivo principal por el cual voy a otorgarle a La Sal de la tierra una puntuación alta, Sebastiao, su hijo y Wenders han logrado un prodigio técnico excelente, una obra de gran belleza por sus imágenes, y por otro lado me ha encantado que recuerden cosas que han sucedido en África, ese gran continente que hoy día sigue igual, pero se siguen quedando cortos…
¿De quién es la culpa? ¿Por qué esas personas, siguen muriéndose de hambre?
Apruebo el tono de llamada de atención que tiene la cinta, pero se agradecería un poco más de atrevimiento por parte de sus creadores, que ahonden en las raíces del problema y nombren a quien tengan que nombrar.
En el apartado Naturalista y Costumbrista, destaco las imágenes familiares; el nacimiento de sus hijos reflejado en diferentes fotos que tienen mucha ternura, y cómo, en los últimos años, Sebastiao y su mujer Léila se han entregado por entero a recuperar la vieja granja familiar de Brasil donde creció el fotógrafo, replantando todo el terreno, y que en la actualidad es el Instituto Terra, una especie de parque natural que puede visitar todo el mundo. La Sal de la tierra es un precioso documental muy recomendable.
LO MEJOR: Las imágenes. Los paisajes. El tono de denuncia.
LO PEOR: Se denuncian los problemas que ya sabemos. Pero… ¿Dónde están las soluciones? Si tenemos tan claro en donde fallamos… ¿Por qué no decimos cómo remediarlo?
