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Crítica de Kinsgman. No es charme todo lo que reluce

Póster de Kingsman: Servicio secreto

Matthew Vaughn imprime velocidad y sinvergonzonería a la cinta aunque tenga que pelearse con eso tan abstracto llamado ritmo.

Crítica de Kingsman.

No podemos desdeñar la intencionalidad atrevida y gamberra que Matthew Vaughn expone bajo las imágenes de Kingsman. Servicio Secreto. Ni tampoco que sus imágenes y escenas de acción tiendan a la hipérbole más socarrona, por no hablar del monumento al disparate (en el mejor sentido del término) que la película erige en su tramo final.

Se agradece, sí, que algunos productos, que tienen voluntad también de llegar a la masa, se salgan de lo políticamente correcto, rebasen los litros de sangre que Hollywood acepta y se olviden de lo que impone el sistema de catalogación por edades de las películas. En eso, Kingsman merece un respeto. Aunque sea heredado del cómic original, la película pusa el acelerador en todo lo mesurable y alcanza velocidades de vértigo. El problema es que sea sólo a ratos.

Colin Firth simboliza toda la elegancia, toda la charme que la película quiere poner en brete. Es el ejemplo perfecto de hiper-atractivo británico, en versión buenos modos, un señor en toda regla. Elegancia que el film quiere dejar en evidencia ante un deseo de explotar desde dentro toda la contención de las películas, por ejemplo de James Bond. Buena intención aunque acabe repitiendo los esquemas que pretende explosionar y redefinir.

Pero el principal problema de la película no está sólo en que parece ser más atrevida de lo que realmente es, ni tan siquiera que la personalidad del joven protagonista no alcance, ni por asomo, una parte del atractivo que tiene el veterano Firth o el provecto Caine. Eso resultaba previsible. El gran obstáculo que debe superar la cinta es una cuestión técnica: el ritmo.

Le pasaba a Vaughn en Kick-Ass pero no en los X-Men. La película no encuentra su ritmo en ningún momento y nos encontramos ante continuos acelerones y parones que evitan que el espectador se entone del todo. Quizá sea la duración (excesiva), lo que quiere abarcar la historia (demasiado) o que hay secciones del film que se alargan en demasía (los entrenamiento y argucias a los que someten a los aprendices). O todo junto, porque Kingsman no acaba de volar nunca. Nos entusiasma su brutalidad y nos aburre su sosiego.

El ritmo, eso tan abtracto e indeterminado, como esencial. Thelma Schoonmaker supongo que lo habría arreglado.

Lo mejor: Que no se corte en la sangre y la destrucción.
Lo peor: Que estemos todo el rato esperando y lo que bueno pase rápido.

2.8
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