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Crítica de ’28 años después: El templo de los huesos’. Apocalipsis gore a ritmo de Iron Maiden y Duran Duran

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La directora estadounidense Nia DaCosta asume los rasgos estilísticos del cine de Danny Boyle en una secuela con más sangre y humor negro.

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El director Danny Boyle y el guionista Alex Garland decidieron revivir la saga iniciada con 28 días después con 28 años después. Casi tres décadas después de mostrar cómo Gran Bretaña se llenaba de peligrosos infectados por un extraño virus de laboratorio, la pareja cinematográfica nos enseñaba la historia de Spike, un chaval que ha vivido apartado en un reducto humano de la isla y salía de su particular refugio para encontrar una cura para su madre, gravemente enferma. Evidentemente, se encontraba con la amenaza de peligrosos seres deseosos de infectarle y algunos humanos tan amenazantes o más que ellos. La mezcla de estética documental, videoclip, gore y humor negro convirtió a la cinta en un éxito de público celebrada por una gran parte de la crítica.

28 años después: El templo de los huesos es su secuela. Garland repite en el libreto, mientras que la estadounidense Nia DaCosta, conocida por su trabajo en el remake de Candyman y The Marvels, asume el rol de director en sustitución de Boyle, que aquí se reserva el papel de productor. No obstante, el cambio se nota poco: la realizadora asume el estilo efectista del británico sin que se pueda distinguir mucho de su evidente referente, aunque aumente más si cabe la presencia de sangre y vísceras.

Quizá la principal novedad la encontremos en el guion que deja en un segundo plano el personaje del joven Spike en favor de otros personajes que tenían una pequeña presencia en su antecedente: el líder de un extraño culto capaz de cometer los peores asesinatos y un médico trastornado por la pandemia que ha construido un templo de huesos e intentará encontrar una solución a la enfermedad gracias a su curiosa relación con uno de los infectados. El primero es interpretado con desatado histrionismo por un gesticulante Jack O’Connell, mientras que el segundo es encarnado con enorme clase por Ralph Fiennes que sale indemne del desbarre general.

Garland aumenta más si cabe el tono grotesco del anterior filme, añade dosis de humor negro y pretende satirizar las religiones y a sus seguidores más fervientes, pero quedándose tamañas ínfulas en agua de borrajas. Como siempre, los más acérrimos fans del terror celebrarán los excesos del largometrajes, entre lo que destacan momentos musicales al ritmo de Iron Maiden o Duran Duran, mientras algunos consideramos que no estaría mal que nos ofrecieran algo más sólido que una simple cinta de serie B con presupuesto de serie A.

Eso sí, como confirma su final abierto, tenemos saga para rato.

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