Darwin y Dios llevan combatiendo desde hace décadas. La teoría del evolucionismo y la que se opone a ese discurso atribuyendo el poder divino y creador a una deidad suprema. I Origins trata esa pugna entre dos convicciones opuestas y lo hace desde un punto de vista interesante, de mentalidad abierta.
Pero I Origins empieza a gatear en sus primeros minutos como un drama romántico indie. En torno a la media hora (de las casi dos que tiene el metraje), a través de un suceso impactante, es la ciencia la que toma el relevo de la narración (hasta ese momento había estado en un segundo plano esperando su momento).
Y la película funciona en ambas vertientes: tanto cuando se expone como una historia de amor especial y particular como cuando se nos muestra con la bata blanca en el laboratorio.
Al actor Michael Pitt (que saltó a la fama con la serie Boardwalk Empire de HBO pero es más asiduo a películas independientes como el remake de Funny Games y los Soñadores de Bertolucci) no le pesa el protagonismo del film y se ve bien acompañado en pantalla por Brit Marling (musa del director Mike Cahill, con quien trabajó en Otra Tierra).
El final de I Origins es emotivo, porque al fin y al cabo es la propia condición humana la que arbitra esa pelea entre ciencia y religión. Y lo que importa no es Dios o el Big Bang, sino esos pequeños grandes gestos que nos hacen humanos.
