Punuación:
Elena Furiase y unos estupendos actores secundarios brillan en un largometraje que no acaba de desarrollar bien sus interesantes postulados.
En muchas zonas rurales de España se siguen censurando ciertos comportamientos que parecen ir en contra de la moral judeocristiana más tradicional. En algunos casos las personas que no entran dentro de estos postulados se obligan a llevar una doble vida por el temor al qué dirán. De eso trata, entre otras cosas, La boda, ópera prima de Pedro Cenjor.
En ella asistimos al casamiento de Felisa, una mujer que lleva una vida algo desordenada, y Sebastián, un solterón dedicado a cultivar las tierras familiares. Ambos han consentido el enlace para repartirse el dinero que reciban familiares y amigos, aunque apenas se conozcan. El plan es separarse después de la luna de miel. Sin embargo, poco a poco surgirá entre ellos cierta comprensión hacia los problemas del otro, desbaratando un tanto los planes de la madre de él, que quiere seguir mangoneando a su hijo. De paso, se irá desvelando el misterioso fallecimiento del padre de Sebastián.
Cenjor, que firma el guion junto a Corina Salerno, expone muy bien la situación inicial, denunciando la doble moral presente en algunos pueblos y los problemas que conlleva para todos aquellos que no acaban de ajustarse a lo que le dictan algunas rancias normas no escritas. Sin embargo, no acaba de desarrollar del todo bien la historia, que avanza a trompicones, y encalla al desarrollar una de las tramas secundarias, aquella que afecta a los progenitores del protagonista masculino y un amigo de estos.
Lástima porque el largometraje aborda asuntos interesantes y cuenta con espléndida fotografía y un grupo de intérpretes que, salvo excepciones, borda sus papeles. Elena Furiase interpreta con muchos matices a esa chica un tanto a la deriva que, sin embargo, resulta más honesta que muchos de aquellos que la rodean. Lo mismo se puede decir de una espléndida Margarita Lascoiti, como madre tacaña y posesiva, y un no menos excelente Felipe Vélez, en el papel del leal amigo del padre fallecido. Sin embargo, Daniel Chamorro ofrece una intepretación monocorde del particular novio.
En definitiva, La boda cuenta con mejores intenciones que resultados.
