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Crítica de ‘Nuda propiedad’. Curiosa comedia negra con guiños a ‘El pisito’ y ‘La ventana indiscreta’

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Una película que triunfa cuando se acerca al humor más ácido, pero a la que acaba restando un final demasiado inverosímil.

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Hubo un tiempo, en los años cincuenta, en que encontrar vivienda de alquiler o de compra era una verdadero drama. Para sortear la censura franquista, los directores Marco Ferreri y José Antonio Nieves Conde utilizaron la comedia más negra para hablar del asunto en dos obras clave de nuestro cine, El pisito y El inquilino, respectivamente. Casi siete décadas más tarde, ya en democracia, el realizador Alberto Utrera, autor de Uno Equis Dos, y Desmontando a Lucía, utiliza armas parecidas para abordar los problemas que muchos tienen para encontrar un techo donde llevar una vida adulta.

El resultado es Nuda propiedad, la historia de Vera y Lucas, una pareja cercana a los cuarenta que, hartos de vivir de alquiler durante años, deciden comprar una casa cercana a la que habitan por un precio bajo para las tarifas actuales. Solamente tienen un problema: tienen que esperar a que el antiguo propietario muera para poder instalarse en ella. Sin embargo, pronto se darán cuenta que el hombre parece estar viviendo más de la cuenta, vigilándolo desde el piso donde viven con unos prismáticos, en lo que es un particular guiño a La ventana indiscreta, el clásico de Alfred Hitchcock.

Utrera, apoyado en un guion escrito junto a Carlos Soria, ofrece una particular variación de la citada El pisito. Si allí teníamos al personaje de José Luis López Vázquez que se tenía que casar con una abuela para heredar su vivienda después de su muerte, aquí tenemos a dos tortolitos que esperarán que la palme el anciano supuestamente carcomido por el cáncer.

Hay mucha mala leche en los diálogos y situaciones que sus responsables plantean, demostrando que la desesperación puede llevarnos a realizar actividades moralmente reprochables y delictivas. Todo ello perfilando con cariño a sus dos agobiados protagonistas reflejando la poca ética de algunos de los intermediarios responsables de la compra venta.

Ayudan al resultado final una estupenda Susana Abaitua, actriz vasca que compone a esa mujer al borde de un ataque de nervios que convierte su deseo de tener un hogar propio en un sinvivir, y, sorprendentemente, Maxi Iglesias, que deja por un lado sus papeles juveniles para componer un tipo capaz de hacer cualquier cosa por el amor de su pareja.

Quizá su giro final hacia el thriller acabe siendo excesivamente inverosímil, pero eso no impide que nos encontremos ante un entretenimiento con más mordiente que la mayoría de las comedias españolas actuales.

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