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Criticando a los Clásicos. La Cabina de Antonio Mercero.

Cuando le preguntan a Antonio Mercero por el significado último de ese hipnótico mediometraje que es ‘La Cabina’, estrenado en diciembre de 1972 en La 1 de TVE, responde que su intención no era tanto criticar sino hacer una gran historia de terror o ciencia ficción. Sin embargo, no sería la primera vez que bajo el manto anticensura del argumento fantástico se oculta una enorme crítica a la sociedad o al gobierno que, de otro modo y teniendo en cuenta el momento de su estreno, habría sido imposible de realizar. Una obra crítica y profunda que tuvo, además, el mérito de ganar el Oscar de la televisión, el Emmy a Mejor Telefilme.

La Cabina.

En el presente informe analizamos cuáles fueron las circunstancias que rodearon la creación de un programa tan particular, cuál es su significado en relación con el momento en el que se situó y cuál fue la reacción social y crítica a una de las mejores piezas que haya emitido la televisión pública española a lo largo de su historia.

Es bien sabido que en aquel momento España se encontraba bajo la dictadura franquista, la cual en el ámbito televisivo había promovido la creación de dos canales públicos, que controlaba absolutamente. Así, durante años el gobierno dictatorial había tenido el monopolio ideológico, informativo y de contenidos de la televisión pública, mostrando lo que reforzaba su imagen y mensajes acordes con la ideología nacional católica y ocultando la evidente falta de libertad de acción y expresión de la sociedad española o cualquier crítica al gobierno, ya fuera interna o externa.
En los sesenta, coincidiendo con un cierto aperturismo y el inicio del desarrollo económico del país, se impulsó la creación de una serie de programas destinados a ganar premios en el extranjero, para intentar limpiar la imagen de España y mostrar que tenía una cantera televisiva que nada tenía que envidiar a las de países más desarrollados. Se inició, pues, una ligera apertura de contenidos, aunque la censura nunca dejara de estar presente. Uno de los programas más exitosos del momento fue Historias para no dormir, clara influencia para La Cabina (el novedoso argumento fantástico pero ambiguo, el protagonista atormentado, el final desolador… técnicamente, también la búsqueda de la calidad de una película de cine).

Sin embargo, como ya hemos comentado, la televisión pública seguía poseyendo un enorme carácter adoctrinador que llevó a la producción de series como ‘Crónicas de un pueblo’, situada en una pequeña localidad habitada por el alcalde, un cura, un guardia civil (Estado, Iglesia, Ejército)… y que defendía claramente los principios e ideales franquistas, al estar encargada por Carrero Blanco como forma de difundir las Leyes Fundamentales. Uno de los creadores fue Antonio Mercero, que suponemos que sólo con el aval de haber sido responsable de tal vehículo propagandístico para el régimen pudo llevar a cabo el proyecto de ‘La Cabina’, que poco tiene que ver con ‘Crónicas de un pueblo’. Se une, pues, una temática novedosa y potencialmente peligrosa como es la de la ciencia ficción ambigua con el mando de un director joven de confianza para el régimen.

¿De qué va, en síntesis, ‘La Cabina’? Podemos dividirlo en dos partes; en la primera, un hombre común se ve atrapado en una cabina telefónica muy extraña y pronto le rodean un montón de españoles de a pie, que en general se toman su desgracia a cachondeo y se ríen de los que intentan sacarle sin éxito. Finalmente, llega un camión de la compañía de teléfonos y se lo llevan dentro de la cabina.
En la segunda parte, el protagonista es transportado, cada vez más desesperado, desde el centro de la ciudad hasta las afueras y luego hasta llegar a unas misteriosas instalaciones subterráneas, donde descubre que es víctima de un complot misterioso que ya ha dejado morir a muchas otras personas dentro de otras tantas cabinas.

El mediometraje, en nuestra opinión, articula una dura crítica que abarca desde el ciudadano de a pie español hasta las altas esferas, a medida que el protagonista se da cuenta de su destino cruel. Se nos presenta este como un ciudadano totalmente común, que acompaña a su hijo al autobús del colegio (el recuerdo de éste será fuente de tragedia en la historia, lo que ayuda a la identificación). Una vez encerrado en la cabina, se ve rodeado de personas de toda edad y condición, que le miran burlones; es interesante cómo se muestra a la sociedad española: es gente que prefiere mirar antes que trabajar (es decir, ayudar al pobre hombre), que se ríe de las desgracias ajenas, que es egoísta y mala en muchas ocasiones (el hombre que le roba cruasanes al niño).

La solución inicial es abrir la cabina por la fuerza, y algunos lo intentan aún sabiendo que así no lo van a conseguir: la tozudez se plasma también en estos momentos. Acaban llegando unos guardias civiles, que tampoco pueden salvarlo, levantando las risas entre el público y explicitando el desprestigio e ineficacia de la autoridad en los años finales del régimen. Es también curioso que el protagonista, al entrar en la cabina, se queda sin voz: ya no le vamos a oír hablar durante el resto del mediometraje, sólo veremos sus gestos de tensión y sus gritos sordos. Quizás la cabina sea la España dictatorial y el protagonista atrapado en ella sea el ciudadano medio, que no puede expresarse libremente y es silenciado mediante la censura.

La trama adquiere tintes kafkianos cuando el protagonista es “rescatado”, cabina incluida, por un camión de la misteriosa compañía de teléfonos, y llevado a unas instalaciones subterráneas de pesadilla. José Luis López Vázquez pasa de una esfera pública, representada por la gente de la calle y el ambiente del centro de una gran ciudad, a una esfera oculta y misteriosa, que además es tan poderosa que es capaz de secuestrar a muchas personas por todo el país y dejarlas morir sin que nadie pida explicaciones. Se hace evidente el paralelismo de esta situación con la que había vivido el país durante toda la dictadura, en la que las detenciones ilegales eran frecuentes y se ejecutó a muchas personas sin ni siquiera un juicio previo. Se hace referencia a este misterioso poder en la sombra que eran las altas instituciones franquistas y sus juicios parciales, una institución franquista que gran parte de la población aceptaba más por temor y desconocimiento de otro modo de vida que por verdadero respeto.

El destino trágico e incomprensible del protagonista se puede comparar, en fin, con el de aquellos presos políticos que fueron asesinados sin haber cometido ningún crimen. O, siendo más contemporáneos al momento de estreno del programa, al de todas aquellas personas que fueron detenidas porque sí por la autoridades en los últimos años del franquismo, autoridades que ya veían enemigos en todas partes.

Se produce pues, una crítica global, ya que, en una sociedad en la que existen misteriosos organismos capaces de hacer desaparecer a gente, la población no puede ser muy distinta de la que se nos muestra: desconfiada, burlona, a la defensiva. No es muy difícil efectuar un paralelismo entre el mundo extraño del mediometraje y el de los últimos años del franquismo.

‘La Cabina’ no tuvo mucho éxito de público (la gente se asustaba por la temática angustiosa pero comentar con un vecino que podía haber algo más profundo quizás les hubiera traído problemas) pero sí de crítica, especialmente en el extranjero. Igual que se premió la aparición de temas tabú en Historia de la frivolidad, ahora se premiaba la mezcla de una temática novedosa en el país como era la de la ciencia ficción y el haber conseguido articular una crítica hacia el régimen en el que se enmarcaba el programa.

En la historia del pobre hombre que se ve abocado a la muerte sólo por entrar a hacer una llamada de teléfono, encontramos también muchos de los temores del ser humano de cualquier época y lugar, empujado a una existencia en la que nunca sabrá dónde y cómo se encontrará con la muerte, imposible de evitar. O, como explica Mercero, quizás todos tengamos nuestra cabina y sea nuestra misión intentar salir de ella. Encontramos, por lo tanto, una obra que toca ámbitos sociales y políticos pero también referentes a la existencia y a ese profundo temor que tan bien supieron plasmar los responsables de ‘La Cabina’.

Ricardo Jornet Gallego

Acerca de Rafael Calderón

Crítico de cine, Director y Redactor jefe en Cineralia. Admito que soy un enamorado del séptimo arte que no duda en recordar que como dijo aquel, "Nadie es perfecto"

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