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Crítica de Vivir sin parar. Pequeña gran película

Karma Films nos trae una estupenda propuesta para este fin de semana en cartelera, el debut en la gran pantalla del director alemán Kilian Riedhof, un drama emotivo y contundente tanto por forma como por fondo.

En Vivir sin parar Paul Averhoff fue una gran leyenda dentro del mundo de la maratón, pero ahora ya ha llegado a los 70 años y su vida ha cambiado por completo ya no vive al ritmo de una carrera de competición, si no que para él y su alrededor todo es una cuenta atrás. Su esposa Margot empeora y su hija decide que lo mejor para todos es que ellos vayan a vivir a una residencia, donde puedan estar atendidos. Allí se encontrarán con unas clases de manualidades y un coro para amenizar sus días. Pero Paul no se resigna a esa monotonía y se pone sus zapatillas y comienza a prepararse para la maratón de Berlín, ante el asombro de su mujer y todos sus compañeros.

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Vivir sin parar es una historia que rebosa sensibilidad y realidad, que plasma la dureza de la recta final de las vidas, la decadencia que produce la misma edad, pero que el ser humano se empeña en enfatizar y realzar más si cabe.

Aquí el dicho de “querer es poder” es pura realidad, se nos presenta una persona con espíritu de superación, de anhelo por lo vivido y mantenerse vivo para él y para los demás, olvidándose de sus limitaciones, de los cánones estipulados por la sociedad, que en muchas ocasiones etiqueta a las personas dependiendo del año de nacimiento. Una reivindicación de la importancia de las mentes, que al final es la que maneja al cuerpo y la vitalidad.

Hay una secuencia y su narrativa que me sorprendió, además refleja la vida en sí misma y el espíritu de la película, es un dos en uno: “La vida entera es un maratón. Los primeros pasos te resultan sencillos. Piensas que nada te puede parar. Pero después llegan los dolores. Tus fuerzas disminuyen metro a metro. Crees que ya no puedes más. Pero sigues adelante. Siempre adelante. Hasta acabar extenuado- Y al final está la victoria. Sin duda, la victoria”

No os podéis perder esta pequeña gran película que cuenta tanta verdad, que os asombrará, porque estoy segura que aquí en Vivir sin parar, muchos veréis reflejados situaciones cotidianas de nuestro día a día, y nos hará reflexionar. No solo se cuestiona una etapa en sí, si no todo lo que rodea a la gente que se encuentra inmersa en ella, y a la sociedad que a veces es tan clasista que destierra a una esquina lo que no parece servir en un momento dado.

La película tiene varios ritmos, que hacen que uno pase de la aceleración por la euforia trasmitida por los personajes, al bajón en ritmo que requiere la parte reflexiva que contiene el film, así como la parte de autocrítica a la sociedad y sus componentes tanto emocionales como económicos.

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Vivir sin parar es un ejercicio de voluntad, de prioridades y de mantenerse vivo, una lucha contra los prejuicios y vivir con dignidad. Todo esto lo refleja a la perfección Dieter Hallervorden en su interpretación en el papel principal, carismático y cautivador en pantalla con una mirada que convence por su extrema sensibilidad interpretativa y narrativa, lo de narrativa lo digo por aquello que convence más su papel en la versión original que en la doblada, algo más que aconsejable a la hora de la elección del visionado. La versión original da un mayor empaque emotivo.

Como si de una metáfora se tratase la película Vivir sin parar ha sido una maratón de fondo para su director Kilian Riedhof invirtiendo 7 años de trabajo tanto en el guión como en el reparto junto con Marc Blöbaum, Peter Hinderthür y otros siete años, estos ya en solitario, buscando financiación para llevar a cabo su primer largometraje, toda una carrera de fondo pero llegando a buen puerto.

Ficha de Vivir sin parar

 

 

 

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