Puntuación:
Zach Cregger ofrece una buena y entretenidísima película de zombis que saca partido de las enseñanzas de John Carpenter y Sam Raimi.
La adaptación a la gran pantalla de la serie de videojuegos Resident Evil, lanzado por la compañía Capcom, se había saldado hasta la fecha con un paupérrimo saldo artístico. Los directores Paul W. S. Anderson, Alexander Witt, Johannes Roberts y Russell Mulcahy habían realizado productos de usar y tirar, repletos de sangre, efectos digitales y acción descerebrada que convirtieron la saga cinematográfica en un subproducto muy rentable desde el punto de vista económico. Tampoco la inexpresividad de Milla Jovovich, protagonista de la mayoría de las entregas, contribuyó mucho a subir el nivel de esta franquicia sobre zombis creados a partir de un virus creado en laboratorio.

No obstante, Craig Cregger, responsable de las alabadas Barbarian y Weapons, parece que ha cambiado las cosas con su particular reinicio de esta serie. Ha cogido los aspectos más o menos característicos de los videojuegos, aunque sin basarse específicamente en ninguno, y ha realizado un entretenimiento verdaderamente certero que no duda en beber del cine de John Carpenter y Sam Raimi. Del primero toma prestado su habilidad para crear tensión y su talento para crear atmósfera inquietantantes que en determinados momentos recuerda a 1997: Escape en Nueva York, mientras que se asemeja al segundo por su habilidad para introducir el humor dentro de un filme escalofriante.
Cregger, que se encarga también de escribir el guion, acierta al mostrar a un protagonista que se encuentra lejos de ser el típico prototipo d héroe de acción. El relativamente desconocido Austin Abrams imprime humanidad y simpatía a un personaje común con sus problemas cotidianos que se ve desbordado cuando le toca llevar un importante paquete a un hospital en medio del estallido de una plaga. Esto permite que el público se identifique con él y sufra las penalidades a las que se tiene que enfrentar.

Por otra parte, el director estadounidense desdeña un tanto el frenesí de acción de las anteriores entregas para ofrecer una cinta que prima el suspense sobre el espectáculo digital y la sucesión de sustos, aunque alguno de ellos se cuela irremediablemente en el conjunto. A la vez, aunque la película tenga generosas dosis de gore para una producción de gran estudio, sabe cómo dosificarlos para que su largometraje no se convierta en un simple plato de sangre e higadillos.
En resumen, Resident Evil (2026) no inventa nada, pero demuestra el talento de Cregger para utilizar las enseñanzas de sus maestros en un entretenimiento perfecto que demuestra que se puede hacer un producto comercial y sólido cinematográficamente hablando.
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