Puntuación:
Terror granguiñolesco que escarba en las relaciones tóxicas que existen entre aquellos que comparten vínculos de sangre.
Gran parte del terror más comercial de la última década vive en parte de reformular el pasado. Quizá una de las franquicias que mas éxito haya tenido a este respecto sea Posesión infernal, saga ideada por Sam Raimi que ha renacido en el siglo XXI. En su nueva versión ha mantenido el tono gore y espeluznante del original, aunque sacrificando en gran parte los elementos de comedia de la trilogía inicial. Así quedó patente en el remake perpetrado por Fede Álvarez en 2013 y en su continuación Posesión infernal: El despertar. No obstante, Posesión infernal: En llamas, la tercera entrega de esta resurgida saga, opta por un humor más evidente y negro que sus inmediatas predecesoras, algo que se echaba en falta si tenemos en cuenta los numerosos ingredientes jocosos que tenía la segunda y tercera parte dirigidas por Raimi.

Evidentemente, el libro del Necronomicón y los peligros de utilizarlo de manera irresponsable siguen siendo el eje de la trama. Sin embargo, aquí se inyecta al guion de un tono muy negro que critica las relaciones poco amorosas que pueden surgir entre miembros de una misma familia. Es cierto que en la cinta previa de la serie ya giraba entorno a un clan, pero en esta ocasión todo es más ácido y salvaje.
Así nos encontramos con la historia de un escritor que descubre las investigaciones de un abuelo acerca del maldito volumen de marras. Sus hallazgos tendrán terribles consecuencias en sus seres queridos, especialmente su hermano mayor. A partir de ese momentos, las relaciones familiares se irán emponzoñando aún más a causa de la influencia demoniaca.
El director galo Sébastien Vanicek, responsable de la cinta de culto Vermin: La plaga, imprime un estilo granguiñolesco a un largometraje que él también guioniza junto al también francés Florent Bernard. Sin miedo al exceso, el realizador lleva al límite las relaciones tóxicas haciéndolas que persigan a los protagonistas más allá de la muerte e inundando todo de un aire corrosivo. Ni siquiera la antigua casa de campo familiar, donde tiene lugar la trama, se libra de la corrupción, mostrándola en ruinas, como la vida de todos aquellos que están unidos por los vínculos de sangre.
Lástima que no se profundice un poco más, quizá por las obligaciones propias de una saga como Posesión infernal. Los fans de la serie encontrarán, sin embargo, abundantes raciones de gore, sustos a granel y unos seres monstruosos que, en la mayoría de los casos, también lo eran interiormente antes de ser habitados por una entidad demoniaca.

No obstante, cabe también señalar que, a las evidentes servidumbres de una franquicia de este tipo, hay que añadir ciertas inconsistencias de un guion algo tramposo.
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