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El Hobbit: Un Viaje Inesperado. Más allá de la adaptación

Tres películas de aproximadamente 3 horas para adaptar un libro de 280 páginas sale prácticamente a 2 minutos de metraje por página, pero viendo la primera parte de la trilogía pone en evidencia que lo que Peter Jackson ha hecho con El Hobbit es algo que va más allá del propio libro. Esta nueva trilogía es la gran oportunidad del director para meter mano en la obra de Tolkien y reescribirla a su merced, cosa que no pudo hacer con El Señor de los Anillos ni por una simple cuestión de densidad de material/tiempo ni por una cuestión prestigio (es evidente que en 2001 no tenía el mismo nombre que ahora).

Los puntos de encuentro continuos entre Un Viaje Inesperado y la trilogía del anillo son bastante reveladores en el sentido que, en esta nueva andadura por la Tierra Media, el cineasta  quiere trascender la formalidad literaria de Tolkien y darle un valor propio a su mitología cinematográfica aportando su punto de vista a la hora de contar la historia, un derecho que sin duda se ha ganado después de demostrar su respeto reverencial por el material literario que maneja y su capacidad para hacerlo visualmente canónico. El viaje que propone Peter Jackson consiste en sumergirse en el universo de Tolkien de la misma forma que él, sin atender al reloj, sin mirar de reojo los libros y pensando en un gran relato conformado por seis películas, no por cuatro adaptaciones.

Por otra parte, El Hobbit es una historia completamente diferente a la de El Señor de los Anillos y por esto exige un tratamiento distinto. La solemnidad trascendental y la épica heroica de la primera trilogía desaparecen a favor de un cuento de aventuras puro y duro con el viaje iniciático de Bilbo Bolsón (Martin Freeman) como pasaje íntimo dentro de un universo expansivo. El Hobbit: Un Viaje Inesperado está narrada desde el punto de vista de la fascinación de quien descubre un mundo extraordinario a cada nuevo paso. Así lo vive Bilbo, así lo cuenta Peter Jackson y así está pensado que lo disfrute el espectador. Por esto cada instante es un motivo para recrearse, cada detalle es cuidado con mimo por el director, que dilata el tiempo sin rubor y presenta la acción más frenética como un accidente que rompe el costumbrismo de la Tierra Media.

A diferencia del periplo de de Frodo (Elijah Wood), el viaje de Bilbo es un reto personal, no una carga de responsabilidad para con el mundo. En este sentido Martin Freeman, actor de referencia de la comedia inglesa del siglo XXI, se erige como la batuta perfecta para orquestrar el tono distendido de la película gracias a su movilidad de clown y a su comicidad verbal, que tanto ha aportado durante la última década tanto en la televisión (en series como Hardware, The Office o Sherlock) como en el cine (con películas como Zombies Party o Arma Fatal). Su interpretación está perfectamente acompañada con puesta en escena mucho más colorista que la de El Señor de los Anillos y con un desarrollo escénico muy influenciado por el cartoon que alcanza un alto nivel en la narración de la cotidianeidad, pero que sin embargo resulta mareante en algunas secuencias de acción, cuyo dominio sigue siendo la gran asignatura pendiente de Peter Jackson.

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