The Master. El hombre indestructible

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La filmografía de Paul Thomas Anderson es característicamente homogénea desde el punto de vista temático, dado que cada película es un reflejo de las mismas obsesiones del talentoso director. En cada trabajo suyo PTA vampiriza un género (western, thriller, comedia, melodrama, etc.) desde su óptica personal para contar una historia que siempre planea sobre la puesta en crisis de tiempos dorados a través de una relación paternofilial disfuncional y una representación caustica de la sociedad y la historia norteamericanas.

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En Pozos de Ambición, sin embargo, Anderson introduce una nueva fijación: el leitmotiv principal de la película es la batalla del hombre contra Dios, entendida como una lucha de poder por la supremacía envuelta en un contexto catalogable como fundacional del capitalismo moderno. En la película, el personaje de Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis) vive en una confrontación constante contra dos grandes rivales, primero la naturaleza que le impide conseguir su  deseada fortuna y luego un joven predicador que se interpone en su camino hacia un monopolio sobre el petróleo. De todas formas, a pesar del fuerte contenido religioso, el discurso moral de PTA no se orienta hacia la veracidad o no de una ideología teológica, sino hacia el triunfo del materialismo sobre la espiritualidad que ha marcado el siglo XX a partir del choque de los dos extremos diametralmente opuestos.

A diferencia de su anterior película aunque sin dejar de desmenuzar los principios que rigen la sociedad moderna, en The Master el choque entre lo terrenal y lo divino es enfocado desde un punto de vista irónico desde sus raíces (no en vano, el culto  que inspira la historia es una secta especialmente popular como la cienciología en vez de una religión) hasta su conclusión, ya que la película está íntegramente marcada por un ascetismo narrativo y estético, con una apuesta radical por mantener la trama en suspensión y concentrar el discurso en una serie de escenas con significado propio conectadas por el intenso tour de force interpretativo que mantienen Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman.

‘The Master’ en tres imágenes

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Hay tres imágenes que son fundamentales en la película. La primera es la de las aguas revueltas de la estela de un barco que abre el film y que vuelve a aparecer hacia el final; imagen que PTA utiliza para subrayar, por un lado, que el recorrido de The Master comienza y acaba en el mismo lugar y, por otro, que lo que hay en medio es pura anarquía, aunque no exenta de despertar la misma fascinación vacua que observar un fuego ardiendo o unas aguas embravecidas.

El segundo momento importante es cuando a Freddie Quell (Phoenix) le explican el trabajo que tiene que hacer en el barco de Lancaster Dodd (Hoffman) y él, en vez de escuchar, le pasa una nota a una chica que tiene delante preguntándole si quiere tener sexo con él. Con esta contundencia que da la brevedad, PTA define los dos extremos que polarizan el discurso: Dodd, un hombre autoconsiderado mesiánico dispuesto a iluminar el mundo con su sabiduría, y Quell, un tipo errático que se mueve por impulsos primitivos (sexo, violencia y manutención básica) hasta el punto que llega a parecerse más a un animal que a un hombre. La ironía que estimula el discurso de la película es justamente la pureza que un ilustrado como Dodd ve en Quell y el consiguiente intento de dominarlo a través de su doctrina, de la misma forma que el hombre se siente atraído por la belleza de la naturaleza salvaje, siempre y cuando sea capaz acondicionarla a su merced.

Lo que nos lleva a la tercera imagen. Después de la declaración de intenciones y la definición de los personajes, lo que busca PTA es representar de un modo figurativo la arbitrariedad ideológica del dogma como concepto y como práctica. Hay que subrayar que la sátira de Anderson en este aspecto es extensible a cualquier dogma concebible, desde creencias religiosas hasta modelos económicos y políticos, ya que sin el marco de un contexto sociocultural explícito cualquier praxis basada en un dictamen teórico es tan arbitraria como cualquier otra.

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En este sentido, probablemente la escena más significativa de The Master es esta en la que Quell practica el ejercicio de moverse de la pared a la ventana, mientras pronuncia palabras de forma indiscriminada, supuestamente para describir sus sensaciones. Hay muchos detalles que enriquecen este pasaje de la película, pero destacan la repetición sincopada del movimiento, la dilatación del tiempo que da la sensación de un proceso de aprendizaje hasta el punto que el paso errático de Quell parece cobrar un sentido lógico, la absurdidad de la práctica en contraposición al aparente objetivo adiestrador que persigue y, finalmente, el desconcertante final de la misma, donde colisionan el convencimiento victorioso de Dodd con el escepticismo incrédulo de Quell. Es en este punto cuando despuntan los rasgos arquetípicos de los dos protagonistas y cuando sus contradicciones colisionan en pantalla: el hombre sabio ha perdido el control de su propia doctrina, mientras que el salvaje demuestra que es capaz de mimetizar algo aprendido sin asimilarlo como propio, puesto es algo ajeno a sus impulsos naturales.

Esta escena, junto con el intercambio dialéctico del final de la película, aglutina toda la esencia de The Master. En este punto el film se destapa como un ejercicio de cinismo formal con el que PTA, autor que articula el lenguaje cinematográfico al servicio de sus obras como pocos directores son capaces de hacerlo, radicaliza todavía más su estilo para fingir que cuenta una historia, cuando en realidad lo que hace es deshojar la margarita entorno a una verdad universal: cualquier tipo de orden en la naturaleza es una impostura, y aunque el hombre haya tomado consciencia de sí mismo e intente desmarcarse del caos, siempre tendrá una fascinación latente por el desorden natural (en la película representada con la obsesión de Dodd por Quell). Por tanto, el único hombre que puede despertar admiración y desdén a partes iguales es este hombre “perfecto” que representa Quell, que abraza su condición animal, que vive sólo según la anarquía del universo y que, por tanto, se convierte en alguien incorruptible, admirable, intimidante e irresistible. En un hombre indestructible.

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