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Crítica de La Jungla: Un buen día para morir. Muere McClane.

Volvamos la vista atrás por un momento. ¿Quién es John McClane? McClane es un detective de la policía de Nueva York, medio alcohólico, fumador empedernido y con un grave problema de socialización que hace que la gente a su alrededor le considero un completo cabrón. Si sigue siendo policía es solo porque es implacable con los villanos, rudo en sus métodos y porque su incomparable sentido de la ética y su compromiso con el trabajo en cierto modo compensan su actitud desafiante frente a la autoridad. Esta mezcla de John Wayne y Harry El Sucio se convierte en un héroe tras acabar él solito con todo el equipo terrorista que asalta el Nakatomi Plaza en La Jungla de Cristal (John McTiernan, 1988) aunque, más que un héroe, el mito que siempre lo ha definido es el de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

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El gancho de John McClane, lo que lo convierte en uno de los personajes más emblemáticos de la historia del cine, es justamente que es un hombre superado por el entorno hostil que se le presenta y resuelve las situaciones como puede, a trompicones, recibiendo casi tantos golpes como reparte. La irrupción de Bruce Willis como héroe de acción coincide con la etapa crepuscular del género, en un momento de maduración reflexiva con el exploit de los 70-80 superado, y el suyo es el protagonista malherido pero brabucón e irreductible por su tenacidad. Con él no vemos al súper hombre que representaban Schwarzenegger, Stallone, Seagal, Lundgren o Van Damme, puesto que su imagen icónica es la de McClane arrancándose cristales de los pies o la de Hallenbeck (El Último Boy Scout –Tony Scott, 1991–) pidiendo un cigarrillo mientras es molido a puñetazos.

Lo que define mejor la esencia de las tres primeras entregas de Die Hard es que son una serie de películas que se toman muy en serio el género de acción, empezando por la construcción del personaje principal. Se nota en la ejecución, en la elección y caracterización de coprotagonistas y de villanos y en la elaboración de los guiones, que por muy sencillos que sean siempre mantienen un tono y una coherencia interna que marca unos parámetros que permiten jugar a desmelenarse o a ponerse más serio, según convenga.

Pero llega el siglo XXI y Hollywood decide recuperar a McClane 12 años después, en una década en la que el cine de acción está marcado por el Jason Bourne de Dammon y Greengrass. Dominan los montajes frenéticos, los planos retorcidos, los efectos digitales y, sobre todo, un modelo de héroe que remite de nuevo al súper hombre, a la máquina de matar perfecta y de recursos inagotables. El gran interrogante de La Jungla 4.0 (Len Wiseman, 2007) era el encaje de un dinosauro como él en esta nueva era tecnológica y precisamente esta cuarta entrega resulta estimulante porque el devenir del film establece ese diálogo de McClane con un presente que le sobrepasa más que sus propios enemigos.

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Yo personalmente reivindico muchísimo La Jungla 4.0, aunque hay ciertos aspectos importantes que dan la razón a los que la consideran indigna de la serie. El nuevo McClane está más empapado por la tendencia moderna y por la fama de indestructible que Bruce Willis se ha ido forjando con los años que por una evolución del propio personaje. De base es el mismo, pero sin un trasfondo autodestructivo (porque resulta que el alcohol y el tabaco ahora son políticamente incorrectos) que apoye un desgaste que sería lógico debido al paso del tiempo. El radio de acción y la amenaza es tan grande (por ganas de superar la tercera) que resulta inverosímil que McClane lo solucione, y más si en ningún momento llega a estar realmente contra las cuerdas, pero sobre todo lo que falla es que ninguno de sus compañeros de reparto es un Alan Rickman, un Jeremy Irons o un Reginald Veljohnson que puedan competir en protagonismo. Timothy Olyphant es un gran actor, pero obviamente no tiene el mismo estatus que Willis actualmente y, para colmo, su villano era pura debilidad. En cualquier caso la (matizable) “traición” a la saga de esta cuarta parte viene más por la urgencia con la que se hizo que por la conceptualización que tiene detrás, ya que el héroe analógico enfrentado a la era digital es una idea muy potente. El problema con el “nuevo McClane” es que se recuperó a un personaje tal cual estaba 12 años atrás y se lo maquilló con los cánones modernos sin detenerse para pensar qué había sido de él en todo este tiempo. Es evidente que no está hecha con la misma seriedad que las anteriores y, aún así, la película presenta algunas de las situaciones más trepidantes y algunas de las líneas de diálogo más elocuentes de la historia de la franquicia (lástima entrar a defenderla con detalles ya pide otro texto).

Lo que nos lleva a la quinta entrega, que básicamente puede resumirse en el acertadísimo comentario de Kristian Harloff en Schmoes Know: “esta última película tiene el mejor villano de la franquicia: el director John Moore”. El director lógicamente es el responsable último, pero este proyecto nació muerto ya desde su concepción. Volvamos a hacernos la pregunta del principio en base a esta película, ¿Quién es John McClane? En La Jungla: Un buen día para morir McClane es un vejete que viaja a Rusia para asistir a un juicio contra su hijo Jack (Jai Courtney), con el que no se habla desde hace años porque es problemático y tan temperamental como él, pero que en realidad es un espía disciplinado y estúpido que participa en misiones de encubierto usando su nombre real. Resulta que el protagonista de la película es este chaval sin carisma y que el bueno de John sólo está en la película porque se le ocurre meterse en una persecución con tiroteo, como si no supiera lo que está pasando, porque no ha acabado de echarle el sermón a su hijo. Pero lo peor es que cuando entra en el ajo lo que queda por delante es sencillamente saltar, disparar y decir la frase “¡estaba de vacaciones!” en repetidas ocasiones. Oficialmente McClane se ha convertido en un personaje de una sola frase que puede resolver cualquier situación que se le ponga delante. Es uno más, uno cualquiera.

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No queda ni rastro de aquel policía de carácter díscolo con momentos de debilidad y que en cada situación límite se encontraba al borde de la muerte porque el McClane que nos presenta La Jungla: Un buen día para morir es inidentificable, un reflejo de la fama de machacasaurio de Bruce Willis (no cambia mucho su personaje de este film de sus papeles en Red o en Los Mercenarios 2) y una apropiación irrespetuosa del sello Die Hard que sólo está presente con guiños absurdos para la galería. En esta película han convertido a John McClane en una sombra de sí mismo y este es el destrozo que eclipsa los muchos defectos de un film en que todas y cada una de las escenas tienen al menos una cosa que falla, pero no vale la pena hacerle la autopsia al cadáver si ya sabemos de qué ha muerto.

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