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Crítica de Pastel de pera con lavanda

Sensible y agradable comedia romántica donde no se echan en falta los besos y arrumacos tan presentes en este tipo de productos.

 

Pastel de pera con lavanda es un postre cinematográfico dulzón, pero nunca empalagoso. El director Éric Besnard, autor de Cash y 600 kilos de oro puro, nos regala un largometraje que muestra la belleza de la vida y de la naturaleza, incluso en los momentos más duros. Lo hace con la forma de una atípica comedia romántica que une a dos personas aparentemente incompatibles: una viuda que pasa verdaderos apuros para sacar adelante una granja y a sus dos hijos, y un hombre enfermo de Asperger que está a punto de ser tutelado por el Estado.

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El realizador crea una pieza atípica del género al prescindir de los besos y los arrumacos tan habituales en este tipo de filmes. Las miradas, el comportamiento de ambos y las declaraciones de amor sin filtros del protagonista masculino van conformando un bonito romance entre dos personas que pasan por una situación difícil en sus respectivas existencias. La película pretende demostrar que el amor romántico entre dos personas va más allá de lo instintivo y sexual.

El director francés ofrece esta particular historia renunciando al estilo televisivo de la actual comedia comercial gala y apostando por un tono contemplativo  y deliberadamente pausado que no solamente se centra en las palabras y las acciones de los protagonistas, sino también la hermosura de los campos de La Provenza.

Gran parte del éxito del largometraje reside en el estupendo trabajo de sus dos intérpretes principales. Virginie Efira compone sin aspavientos innecesarios a una mujer agobiada por las preocupaciones que encuentra en un tipo atípico la posible solución a sus problemas, mientras que un controlado Benjamin Lavernhe consigue plasmar el particular enamoramiento de un hombre que tiene dificultades para exteriorizar sus sentimientos acudiendo a un genial minimalismo expresivo.

No obstante, Pastel de pera con lavanda dista de ser perfecta. Un desenlace forzadamente optimista, que resta algo de verosimilitud a la historia de amor, y la edulcorada banda sonora de Christophe Julien acercan en muchos casos a la película a esa cursilería que parece rehuir en muchas ocasiones.  A pesar de ello, la cinta es una aceptable filme romántico que se aleja de otras que han abordado las relaciones amorosas de enfermos de Asperger de una manera más convencional y almibarada, como Adam o Mi nombre es Khan.

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