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Crítica de Anacleto: Agente secreto. Un desastre a voces

Ni las inmaculadas interpretaciones de Imanol Arias y de Quim Gutierrez pueden salvar el desplome de este film que es cutre cuando no lo pretende (y viceversa)

Alejar a Anacleto, el agente secreto más patrio, de sus habituales y desastrosas cualidades y convertirlo en un agente imperturbable, domado interpretativamente por Imanol Arias, no era una mala idea. Más bien todo lo contrario. Trasladar esas características heredadas del cómic a su hijo, inmejorable la ingenuidad y doliente desesperanza de Quim Gutierrez, podía ser la perfecta base para lanzar en futuras ediciones a un superagente nacional singular y curioso, como era la voluntad paródica que impregnaba las páginas de los olvidados tebeos españoles.

Se inicia el rodaje de Anacleto: Agente secreto

Dos aceptables conceptos (Anacleto no es torpe pero sí su hijo que acabará ocupando la identidad del primero) que Ruiz Caldera, al que mantenemos la admiración e interés pese al descalabro que pormenorizaremos a continuación, da otra vuelta de tuerca al contextualizar al agente viejo y en decadencia en un entorno escenográfico a su altura: viejos aparcamientos, provectas masías alejadas de la modernidad, edificios semiabandonados, una agencia de espionaje maltrecha, etc.

En definitiva, el Anacleto de Arias no es una desgracia humana pero sí su entorno, el mundo en el que vive; como si el personaje se modernizara a lo Bond pero la viñeta siguiera intacta.

Y hasta ahí las virtudes

A este aspecto envejecido y anacrónico, hay que añadir el deseo de Caldera y sus guionistas de insuflar a la narración, dialogada principalmente, de un fuerte componente carpetovetónico (frases y referencias muy españolas -y voluntariamente casposas-) que hagan más rancio si cabe el universo de Anacleto. Y ahí está el principal problema de la cinta: esta voluntad es de una obviedad, falta de talento e ingenio inconmensurables, con diálogos y situaciones que invitan al sonrojo. Y es que Javier Fesser sólo hay uno.

Es inevitable pensar en el guión de Mortadelo y Filemón (versión animada) y compararlo con Anacleto. En el fondo, el ejercicio es el mismo. Llenar de referencias españolísimas el guión, invitando al espectador a la identificación y la risa, a la cultura compartida, a la comparación desencantada de esa España, vieja y desaborlada, pero absolutamente sentida.

Somos cutres pero nos encanta. En Mortadelo, las referencia patrias son simpáticas, caen por su propio peso, están porque deben estar y se muestran con una escritura en estado de gracia. En Anacleto, los ganchos nacionales (que el espectador digiere con este humor tan especial que nos caracteriza -entre el amor y el desdén-) son postizos, fáciles y cutres, muy cutres.

Póster de Anacleto: Agente Secreto

Porque el gran problema (ahora viene el grande) es que Anacleto: Agente Secreto es cutre cuando no quiere: en unas escenas de acción rodadas con torpeza, sin dominio vamos (no hablaremos del prólogo con menos ritmo de la historia del cine nacional -si es voluntario el contrapunto entre la música y el movimiento interior de la imagen, Caldera debería explicarnos por qué- y que cuando quiere resaltar lo cutre (lo carpetovetónico que he explicado antes) es tan pueril y tan forzado que desacierta absolutamente el tiro.

Por no hablar de una historia dispersa, deslabazada, sin talento ni energía, de un desaprovechamiento increíble del malo de la función (la primera vez que no me creo al memorable Carlos Areces), de unos secundarios de pena (los diálogos y la entidad del personaje de Berto Romero es de vergüenza ajena), de una ausencia absoluta de ritmo narrativo y de una trama que estropea las buenas voluntades, que las tiene.

No lo tengan en secreto, Anacleto es un desastre (acabo de hacer lo que he criticado: buscar el chascarrillo sin complicarme mucho).

Lo mejor: Con amplia diferencia: Imanol Arias y Quim Gutierrez

Lo peor: Su falta de chispa y el desaprovechamiento general de personajes y situaciones.

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