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Crítica de The Witch. La nueva ola del cine de terror

En esta edición Sitges apuesta por el terror puro y duro, desde hace un tiempo relegado a un plano inferior.

Una cosa es indiscutible, y es que The Whitch ha sido la película formalmente más depurada de todo el festival. Con una puesta escena de corte clásico y una narrativa calificable de todo lo contrario, Robert Eggers nos sumerge en una historia de terror inspirada en diversas leyendas anglosajonas sobre brujería, combinadas en una historia sobre una familia asediada por un poder maligno.

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El gran acierto del director es justamente adaptar el lenguaje del folklore, tanto la lírica de sus versos como lo sugestivo de sus imágenes (compuestas, no lo olvidemos, en el imaginario de cada uno), al lenguaje cinematográfico.

Ver The Witch es como leer un cómic –o novela gráfica, para quién guste– que impregna con ilustraciones tenebrosas cargadísimas de significados y matices la mente de su lector. Lo que insiste en mostrar la película es la amenaza de lo maligno, jugando a la ocultación del mal como Haneke lo hacía con su prodigiosa La Cinta Blanca.

Ambas películas parten de la premisa que el extremismo en la idea de la rectitud moral conduce al estallido de la violencia, con la compleja relación entre lo visceral de la naturaleza humana y la artificialidad de las leyes religiosas como telón de fondo.

Sin embargo, la diferencia es que Haneke se muestra firme en su decisión de ocultar el rostro del Mal y entregar toda la responsabilidad al hombre, mientras que la bruja de The Witch es un ente muy real (incluso exculpatorio para esta familia llena de secretos) que quizá pedía un poco de margen para el descontrol.

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