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Crítica de Mi hija, mi hermana

Thomas Bidegain debuta en la dirección con esta cinta que homenajea a dos clásicos del cine, Centauros del desierto y Hardcore, un mundo oculto.

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Thomas Bidegain, el guionista de cintas como De óxido y hueso o Dheepan, debuta en la dirección con Mi hija, mi hermana, un largometraje que homenajea a dos clásicos del cine norteamericano: Centauros del desierto, una de las obras maestras incuestionables de John Ford, y Hardcore, un mundo oculto, uno de los títulos más recordados en la carrera como realizador del estadounidense Paul Schrader.

Del filme de John Ford toma la idea de la larga búsqueda que comienza un hombre maduro para encontrar a una menor a la que cree arrebatada. Aquí los vaqueros son sustituidos por franceses fascinados por las tradiciones del viejo oeste americano, mientras que los fundamentalistas islámicos son los particulares indios que secuestran mental y físicamente a una joven de una familia gala de clase media.

Crítica de Mi hija, mi hermana

Por otro lado, la huella del largometraje de Schrader queda patente en el retrato de ese individuo tradicional que no puede soportar que su hija se haya apartado de su lado e inicia una búsqueda desesperada por los bajos fondos.

Bidegain, que ha contado con la ayuda de Noé Debré en la escritura del librero,  mezcla elementos de thriller y análisis social en una película que se estrena en el tiempo adecuado, cuando muchos jóvenes occidentales se unen a la yihad a pesar de provenir de familias cristianas. El director, no obstante, prefiere fijar el punto de partida de su historia hace dos décadas, precisamente en el momento en el que empezaban a ocurrir este tipo de casos y los parientes no sabían qué hacer al respecto.

Como ocurriera en el clásico de Ford, el realizador galo de origen vasco comprende el espíritu vengativo del padre y el hermano de la chica que se une a las filas del integrismo, pero no lo comparte. El cineasta se distancia del racismo que anida especialmente en el tipo maduro al mostrarnos a la familia musulmana del novio de la chica desaparecida, tan trastornada por la desaparición de su vástago  y su radicalización política como el clan protagonista.

De la misma manera, muestra una clara diferencia entre la actitud del progenitor, mucho más cerrada, y la de su descendiente, que acaba asumiendo las contradicciones que tiene la existencia humana.

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El realizador logra que su discurso cale en el espectador gracias a una estupenda dirección de sus dos intérpretes principales. François Damiens, un actor especializado en personajes cómicos, aporta la necesaria amargura y dureza a ese tipo que convierte la búsqueda de su hija en su único objetivo vital. Su trabajo está a la altura del que realizara John Wayne en la citada Centauros del desierto. Igualmente destacable es la labor de un contenido Finnegan Oldfield, que se pone en la piel de ese hijo que recibe como herencia paterna  el encargo de hallar a su hermana.

No obstante, a pesar de ser un largometraje interesante, Mi hija, mi hermana no alcanza la perfección por ciertas reiteraciones y subrayados que alargan en exceso determinados pasajes. Paradójicamente, el filme destaca por sus sabias elipsis que logran comprimir una historia de dos décadas en menos de dos horas.

3.5
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