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Esa trama inicial de la desaparición simultánea de casi todos los niños de una clase, salvo uno, crea una atmósfera de misterio que roza lo sobrenatural, mientras al mismo tiempo se siente creíble.
«Weapons» de Zach Cregger es una de esas películas de terror que dejan huella, no solo por los sustos, sino por el poso que deja. Su originalidad, su valiente libreto, su montaje impecable y unas soberbias interpretaciones elevan la película a nuevo referente del género.
Desde su inicio intuyes que «Weapons« no será más de lo mismo. Esa trama inicial de la desaparición simultánea de casi todos los niños de una clase, salvo uno, y en total son 18. crea una atmósfera de misterio que roza lo sobrenatural, mientras al mismo tiempo se siente creíble. La cinta se aleja del típico slasher, mostrando que hay algo siniestro en lo cotidiano, en la seguridad de nuestros hogares. No se queda en los sustos baratos, te obliga a pensar y a sentir.

Sin duda su guion se convierte en una de sus grandes bazas. Cregger juega con los puntos de vista: la maestra, el padre de uno de los niños desaparecidos, y otros personajes cuyo dolor o complicidad se va revelando. Ese montaje fragmentado (nunca confuso) nos entrega la película como las piezas de un rompecabezas que terminan encajando a la perfección.
Sus giros son impredecibles, y nunca gratuitos: cada descubrimiento parece bien trazado, cada personaje tiene su razón de ser, hasta los secundarios tienen peso. Nunca acude al cliché sin una motivación, sin dar contexto emocional. Y ese equilibrio le da fuerza.
En su montaje nunca abusa del jump-scare (Aunque algunos hay), sino que construye suspense desde los silencios, los encuadres, esos momentos mágicos de terror en los que lo que no se ve pesa más que lo que se muestra. Mientras los saltos entre líneas temporales o perspectivas están bien dosificados para confluir en un final apoteósico, sin agujeros argumentales.

Un ritmo que primero intriga, luego desconcierta, después te «acojona», y finalmente te golpea emocionalmente. Un montaje para que el público esté inquieto y expectante.
El reparto cumple su misión con sobresaliente. Julia Garner es esa profesora marcada por la sospecha y la culpa. Josh Brolin nos muestra la gravedad justa; su lucha personal hace que su desesperación se sienta real. Amy Madigan borda un personaje que se te queda grabado, con ambigüedad, con momentos de pureza rota, de horror que va en aumento. Sin olvidar al niño protagonista, Cary Christopher, que se antoja imprescindible en una película que juega con la inocencia robada: su presencia añade un componente perturbador que pocas películas manejan tan bien.

«Weapons« no se avergüenza de ser gore cuando lo requiere, pero lo hace con criterio, para servir a la historia. Las escenas más explícitas intensifican el horror emocional. Y algo muy importante en una película de género, el terror funciona, tanto en lo que se ve como en lo que se intuye: sombras, silencio, caras, gestos… Todo esto lo consigue manteniendo el suspense, la atmósfera, y cuando llega lo gore, su impacto es mayor.
Zach Cregger ya nos había deslumbrado en «Barbarian» (2022) manteniendo un pulso firme con el terror contemporáneo. «Weapons« consolida a este autor capaz de jugar con el género, de renovarlo, de incorporar crítica social, humor retorcido, simbología y horror sin caer en lo gratuito.
«Weapons« es una de esas películas que te recuerdan que el buen cine de terror aún es posible. Tiene originalidad, guion sólido, montaje brillante, actuaciones memorables en una cinta con personalidad propia. Además de ser una de las mejores películas de terror del año, sino la mejor, es renovadora, perturbadora y muy bien hecha. Una imprescindible.
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