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Crítica de St. Vincent

Crítica de St. Vincent

Llegan las épocas navideñas y las carteleras se llenan de películas que nos pueden hacer la taquilla mucho más agradable, como esta propuesta de Theodore Melfi.

St. Vincent es de esas películas que se me antojan más que agradable de recomendar por su contenido, actuaciones y sus moralejas.

Vincent (Bill Murray) es un viejo cascarrabias que vive una vida solitaria y fuera de las normas de la sociedad, siempre viviendo al límite en lo económico y en lo sentimental sin dejar mostrar su verdadera realidad. Un buen día aparecen unos vecinos, madre e hijo, que llegan para comenzar una nueva vida, pues la mujer se acaba de separar. Ella necesita una niñera, y no duda en recurrir a Vincent para cuidar a su hijo, aunque piensa que no es la mejor opción no le queda otra salida pues no conoce a nadie y tiene que trabajar. Al final la amistad del pequeño y Vincent dará un vuelco a sus vidas, sacando a flote las verdades de cada uno, y enseñándose mutuamente lo importante de la vida.

St. Vincent es una comedia dulce, irónica y socarrona que va de menos a más, desgranado cada uno de los personajes, los protagonistas y los secundarios, pues cada uno de ellos posee un carisma especial para darle un gran toque de optimismo y realismo a la cinta.

Un guión para nada previsible, envolviéndote en una trama que va desde el drama contenido a la más sincera de las sonrisas. St. Vincent tiene una gran evolución en cuanto a ritmo además de llenar de emotividad los momentos necesarios, hasta llegar a una cumbre donde la sensibilidad de los personajes llegan a flor de piel. Además Theodore Melfi ha jugado con los vaivenes emocionales de una manera muy inteligente nunca marcando demasiado un sentido pero sí enfatizando lo importante y relevante.

El trabajo coral que hay en la película es maravilloso, es un conjunto agradable de visionar pues cada uno tiene una visión y una mirada pero al final todos se conjugan en un todo: la tolerancia, el respeto, amor (en todas sus vertientes) y amistad.

Theodore Melfi ha hecho de aquello de “nada es lo parece” una realidad latente en St. Vincent, partimos de un viejo cascarrabias sumido en un interior gruñón, a dibujarle su vida a través de la mirada de un niño, incluso lo que ni siquiera el adulto ha visto del mismo, desnudándole sentimentalmente ante el resto y ante el mismo.

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La figura del menor aquí es más que relevante pues el personaje, por lo vivido en su corta edad, cala a los adultos mucho antes que los demás, una clara realidad de lo que muchas veces infravaloramos a los más pequeños de la casa siendo mucho más conscientes de la realidad que el resto de los mortales.

Los diálogos son ingeniosos, ocurrentes, enérgicos y vitalistas, pero además hay algo que cuenta mucho más que las palabras, son los silencios y las miradas que están plasmando el interior de cada uno, algo que el director y guionista Theodore Melfi ha llevado muy bien enganchando la dinámica vital con el silencio profundo en una mezcla embaucadora visual, todo ello combinado con una música que adereza todo a la perfección.

Algo que hay que destacar de St. Vincent es que siendo la primera película del director, la ha manejado a la perfección y ha jugado con los actores de una manera muy sutil y ha llenado la pantalla de calidad escénica y contenido, pues el mensaje final es más que importante.

No voy a resaltar ninguna de las actuaciones pues todas están realizadas perfectamente, pero sí decir que para mí puede que ésta interpretación de Bill Murray sea la más madura y profunda que he visto de él, dando en su papel un carisma especial que llena de magia la película.

3.6
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