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Aguas tranquilas. Retrato poético sobre la vida y la muerte

El conjunto visual y narrativo es excelente dotado de una poesía estética que te atrapa desde el primer momento.

Crítica de Aguas tranquilas.

Ahondar sobre temas profundos y reflexiones como puede ser la muerte a través de adolescentes puede ser un poco complicado, pero hay que reconocer que la directora Naomi Kawase lo ha llevado de una manera muy delicada en Aguas Tranquilas, dejando un gran poso en el espectador después del visionado, no solo sobre esa temática si no sobre la cultura que versa la película y mucho más.

Crítica de Aguas tranquilas

Kaito y Kyoko viven en la isla japonesa Amami-Oshima, una tierra muy arraiga a las tradiciones. Una noche de luna llena de agosto Kaito, de 16 años, descubre un cadáver en el mar, pero no quiere hablar con nadie sobre ello ni siquiera con la única persona con la que tiene más confianza Kyoko. Con el paso de los días de la amistad puede que entre ellos surja algo más, y así él se habrá un poco más al exterior y vuelque todos esos miedos internos que tiene escondidos sobre el amor, la vida y la muerte. El salto de la inocencia a la adolescencia y las vivencias está a un solo paso y a su alcance, solo tiene que dejarse llevar.

Un retrato poético sobre la vida y la muerte en una cultura arraigada, donde los paisajes muestras más que las palabras, planos fijos que enfocan las miradas y la sencillez del interior de las personas y sus mentes. Cambios de cámara atrayentes que parecen que te van a desubicar y cambiar de rumbo y todo lo contrario te sumergen en una ensoñación volátil que hará de la cinta una belleza estética visual digna de admiración.

La directora te hace soñar y viajar hacia el interior de esos dos protagonistas que buscan encontrarse en la adolescencia a través de los demás y sus vivencias, una lucha interior por sobrevivir incluso a uno mismo y sus pensamientos, los personajes principales se fusionan metafóricamente  de la mano encontrando respuestas sin querer, donde el dolor es la enseñanza y la vida la meta a llegar al fondo de la razón y del corazón.

El conjunto visual y narrativo es excelente dotado de una poesía estética que te atrapa desde el primer momento, donde los silencios son tan necesarios y evocadores como cualquier conversación profunda, la imagen te llena y conmueve con la solemnidad de la profundidad de las emociones que se plasman sutilmente y lentamente en el desarrollo de la trama.

Me atrajo que el film solo tuviera  cuatro secuencias donde aparecieran la música tres de ellas donde la positividad existe y la última donde la realidad y la búsqueda se resalta en ese anhelo que el protagonista lleva luchando en su interior, un conflicto vital por reconocer lo que le come por dentro, donde su búsqueda explota y se encarama en una explosión de sentimientos aflorados de golpe pero con naturalidad.

La brillantez de la sencillez encriptada en todo el metraje es lo más revelador, no hacen faltan florituras para plasmar lo bello de la esencia del ser humano, con pequeñas pinceladas de drama envuelto en un entorno sobrio a la par que acogedor con esos toques románticos y nostálgicos que buscan lo recóndito del alma humana, se fragua una historia profunda que se desenvuelve entre miradas a la cámara, que nos contará todo alto y claro casi sin hablar. Aquí se demuestra aquello de que a veces las palabras no son tan necesarias, una imagen, una mirada es más que suficiente.

Poco más que contar sobre Aguas Tranquilas, que es un ejemplo de naturalidad aplastante, cinematográficamente hablando,  que te golpea el alma y corazón por partes iguales, inundándote de sentimientos contradictorios que luchan por salir a flote con cada uno de los personajes, que tanto tienen que contar.

Acerca de Susana Peral

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