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Crítica de Todo el dinero del mundo. Ciudadano Getty

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El veterano Christopher Plummer, con su magnífica encarnación del que fuera uno de los hombres más ricos del mundo, ilumina la apagada recreación de un famosísimo secuestro de los años setenta.

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Hay interpretaciones que son capaces de salvar una película de la mediocridad. Es el caso del trabajo del actor canadiense Christopher Plummer en Todo el dinero del mundo, crónica del secuestro del nieto del millonario John Paul Getty Sr. La veterana estrella, al que todos recordamos por cintas como Sonrisas y lágrimas o Beginners (Principiantes), otorga a su personaje de magnate avaricioso e inflexible un tono mefistofélico.

Crítica de Todo el dinero del mundo

Hay en su actuación algo del personaje de Orson Welles en Ciudadano Kane, pero también del Tío Gilito de Disney. Sus apariciones en el filme elevan la calidad del conjunto y su ausencia se deja notar en el resto, un producto elaborado con profesionalidad, pero escasa inspiración.

El británico Ridley Scott no logra que la narración sea lo apasionante que debiera. A excepción de las intervenciones del multimillonario, la película cae en numerosas reiteraciones y no va más allá de la correcta y aburrida recreación de un suceso real.

Tampoco los elementos de melodrama familiar funcionan del todo ni escapan del más manido lugar común. Por otra parte, el guion se pierde en el proceso de negociación del rescate y se olvida de dar algo consistencia a personajes clave, como el antiguo espía encargado de mediar con los captores que encarna Mark Wahlberg o el hijo descarriado del acaudalado hombre de negocios al que da vida Andrew Buchan.

El resultado es una cinta que tiene sus mejores bazas en la excelente recreación de los años setenta, la citada interpretación de Plummer, que sustituyó en el último momento al polémico Kevin Spacey, y el no menos elogiable trabajo de Michelle Williams, en el rol de  la desesperada madre que pretende que su avaro y riquísimo suegro pague el alto precio del rescate de su nieto.

Como gran parte de los filmografía de Scott durante las últimas décadas, el largometraje tiene una factura casi irreprochable, pero el conjunto resulta demasiado monótono y poco personal, como si la película hubiera sido dirigida en modo piloto automático por alguien que conoce el oficio perfectamente, pero se ha convertido en un simple artesano que no hace ascos a cualquier proyecto que se le ofrece. Una verdadera pena viniendo del firmante de clásicos como Los duelistas, Alien, el octavo pasajero y Blade Runner.

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