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Crítica de Boyhood (Momentos de una vida). Entrega a la vida

Richard Linklater probablemente sea el cineasta norteamericano independiente más importante de los últimos veinte años. Independiente porque hace lo que quiere pero de manera económicamente holgada, agradando además tanto al público como a la crítica.

Su forma de afrontar sus proyectos, pues, nos parece la de un maestro: sus películas combinan la fluidez narrativa y la construcción de personajes mediante el diálogo propias del cine apto para casi todo tipo de audiencias (como una herencia contemporánea del cine clásico hollywoodiense, inevitable referente), con una variedad temática muy diversa y personal (comedias y dramas se entremezclan literalmente), con pretensiones éticas muy claras (una visión del mundo propia de un eterno adolescente que se niega a crecer y explora los pesares y alegrías de hacerse mayor, el paso del tiempo sobre las relaciones humanas).

Esta negativa a crecer, capital en toda su obra, ya se dejó ver en su segundo filme (tras el indie de presupuesto ridículo Slacker): Dazed and Confused.  Una película de graduación a caballo entre la nostalgia y el desencanto, enlace entre el instituto y la universidad (como las bien distintias The Last Picture Show o American Graffitti); una novela de crecimiento decimonónica adaptada al lenguaje y argumentos norteamericanos: el instituto como lugar familiar de disfrute y sufrimiento que deja paso al amplio mundo representado por la universidad. Linklater vuelve en Boyhood sobre lo mismo, pero estirando el filme hacia atrás y hacia adelante. Lo que le sucede a Mason, el protagonista de Boyhood, es esencialmente la larga película de graduación de la vida, la aceptación paulatina de que más allá de los sueños infantiles sólo se presenta un continuo de días (no hay que atrapar el momento, hay que dejarse atrapar por él, como dice el protagonista en los compases finales, volver a ser un niño en el cuerpo de un adulto).

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En este sentido, es inevitable hacer referencia al rodaje a lo largo de doce años de la película, que ha acompañado a sus protagonistas (los niños, excelentes actores, Ellar Coltrane y Lorelei Linklater; los adultos, unos Patricia Arquette y Ethan Hawke espléndidos) mientras pasan de la infancia a la adolescencia en el caso de unos y envejecen muy visiblemente en el caso de los otros. Se trata de una ficción (pues toda la película está guionizada, aunque sea con la ayuda constante de los actores, como es común en Linklater) en la que el paso de los años se certifica, como pocas veces antes se ha visto en un solo filme, con el envejecimiento de sus actores.

Aunque no es un procedimiento nuevo (la serie Up de Michael Apted, o las películas de Truffaut con Antoine Doinel, o la serie Before Sunset, del propio Linklater, son ejemplos similares), en todos los casos anteriores el espectador crecía junto con los personajes, era como visitar a unos viejos parientes de vez en cuando. En Boyhood es como ver un álbum de fotos desplegado, habiendo entendido Linklater la potencialidad del cine para certificar el paso del tiempo sobre las personas y los objetos que las rodean como pocas veces había sido tan explotada como ahora. El efecto es sutil pero chocante, y uno tiene la impresión de haber presenciado algo único y nunca antes planteado de esta manera.

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Eliminados los arcos argumentales clásicos, como viene haciendo Linklater en los últimos años, la película fluye de año en año, de escena en escena, meciéndose al ritmo de la vida y sin tener la egolatría de querer marcarle al mundo el ritmo del cine: en Boyhood, es la vida la que impregna el celuloide, gracias a un director tan humilde y poco dado a manías autorales como Linklater. Estéticamente, todo el filme es un gran proyecto visual que decepcionará a aquellos que esperen cambios formales a lo largo de los años: la fotografía y planificación se mantienen inalterables, rendido Linklater a la transparencia. Se repiten ciclos de padres alcohólicos, cambios de casa y trabajo, chicas… con una preferencia absoluta por las pequeñas situaciones enfrentadas a los grandes eventos argumentales.

Aunque se hace francamente difícil escribir una crítica sobre un filme en el que las estructuras clásicas brillan por su ausencia y las habituales intenciones formales del director se entremezclan con el retrato realista del mundo, esto no quiere decir que Boyhood tenga alguna carencia en comparación con otros filmes, más bien al contrario: con su compromiso por capturar fielmente el paso de los años, de manera sutil y elegante, siendo fiel además a su visión del mundo y en especial del paso del tiempo (para entender la filosofía de Linklater, es interesante ver Waking Life, película-ensayo del texano), Richard Linklater demuestra una vez más su maestría perpetrando una experiencia que va aposentándose según pasan los días, según el espectador entiende la equivalencia entre las vidas de la pantalla y la suya propia. Este aspecto humanista hace que la película sea casi de obligado visionado.

Acerca de Ricardo Jornet

Simpático redactor de Cineralia; no tan simpático estudiante de cine.

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