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Crítica de Los exiliados románticos

Jonás Trueba ha sabido conjugar personalidades muy diferentes pero que encajan a la perfección.

¿Son los románticos una especie en extinción o por lo contrario se esconden bajo una fachada camuflada de pose y estampa varonil que siempre queda bien, y de esta forma no ser etiquetados así?

Aquí en Los exiliados románticos, Jonás Trueba, da buena cuenta de retratarles en distintas vertientes y situaciones, a los distintos patrones de románticos que aún habitan aunque sea a escondidas de ellos mismos.

Crítica de Los Exiliados románticos

Pasado el verano, tres amigos deciden que todavía no ha terminado el tiempo para ellos para viajar, sobre todo si tienen cuentas pendientes con otras personas que han formado parte de su vida. Salen en busca de aventuras y de ellos mismos para no perder la oportunidad de conseguir sus sueños aunque no sepan muy bien cuales son.

Jonás Trueba en este su tercer largometraje, aunque tenga residente de poso mucho de sus anteriores trabajos, ha sabido implantar en la atmósfera cinematográfica una densidad mucho menos intensa y mucho más real y cercana, sobre todo con respecto a Los ilusos, su anterior trabajo.

Vuelve a incidir en contarnos la trama por capítulos, pero aquí sin enumerarlos, pero uno se da cuenta como da desgranando lentamente a cada uno de esos tres exiliados románticos, o ilusos, como ellos les gustan que les califiquen. Ha sabido conjugar personalidades muy diferentes en esos tres personajes pero que se encajan a la perfección, distantes y cercanos como suelen ser los elementos inmersos en la verdadera amistad, donde las diferencias finalmente son las que unen, pues se compaginan como un elemento más del amor, existente en todas las relaciones y que aquí también fluye en el ambiente.

Los exiliados románticos posee ese ritmo sutil que navega entre los recuerdos y la búsqueda de nuevas experiencias, y esa fusión hace de todos los personajes, tanto femeninos como masculinos, interesantes porque transitan entre los sueños y la crítica de su actual situación tanto emocional, personal y profesional que pone en bandeja muchos temas a debate, pero sobre todo y ante la cultura como bandera y estandarte e icono de cada uno de ellos para mantenerse a salvo en cuanto a cordura se requiere.

Cuando termina el visionado uno se da cuenta que Jonás Trueba tenía una necesidad imperiosa de narrar vital (él lo admite y nos lo contó en la entrevista que en breve se publicará), todo le sale de muy dentro y se nota muy personal pero sin nada de egocentrismos, una historia que parte de la nada, de una reunión de amigos y del impulso de Tulsa por viajar cantando y un conjunto de historias hiladas por el camino con buen tino, dejando un gran sabor visual y emocional.

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Sorprende y mucho, que el final sea el que es, y todo haya sido con tan poco medios. Pues otro dato a destacar son los cambios de luminosidad y contrastes creados durante todo el metraje, de esta forma, esos cambios dan más sentido a la toma anterior, y así sucesivamente. Ese trabajo sencillo pero ágil que ha credo Jonás acerca al espectador mucho más a la historia, hace que se vea inmerso mucho más en ello y matiza con singularidad las secuencias, todo ello creado con una pequeña cámara de fotos. Y por supuesto sin perder de vista esos planos fijos que aprovecha de una manera espectacular contándonos mucho más con el plano que con los diálogos.

La banda sonora, compuesta por Tulsa, impulsora de este film, tiene una gran carga sentimental y recorre a los personajes con sus canciones, pero sobre todo dibuja parte de la película en la canción Oda al amor efímero, y ahí encierra mucho de lo que Jonás quiere contar y una servidora no dice, por no poner spoilers.

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