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Crítica de Bienvenidos a Grecia

Quizá lo más triste de Bienvenidos a Grecia sea comprobar que refuerza la peor idea que muchos alemanes tienen de los europeos del sur: que somos una pandilla de vagos.

Crítica de Bienvenidos a Grecia

La comedia europea más comercial ha aprovechado las diferencias culturales entre las diversas partes del viejo continente para hacer taquilla. La primera película que inauguró esta moda de filmes  sobre contrastes étnicos fue Bienvenidos al norte, largometraje de Dany Boom sobre un funcionario de correos al que destinan al norte de Francia. El inmenso éxito de aquella cinta en la nación gala y su repercusión en otras zonas de Europa impulsaron un remake a la italiana, Bienvenidos al sur, que adaptaba la trama a la peculiaridades regionales del país transalpino. Los productores españoles también han probado suerte en el subgénero con Ocho apellidos vascos y su secuela, Ocho apellidos catalanes. Ambas se han saldado con recaudaciones históricas.

Bienvenidos a Grecia sigue los pasos de todas ellas, aunque se encuentre por debajo de sus poco ilustres y muy rentables precedentes. El director Aron Lehmann, con ayuda de los guionistas Arnd Schimkat y Moses Wolff, convierte a sus protagonistas en tópicos con patas. Por otra parte, Bienvenidos a Grecia simplifica demasiado una trama que roza lo pueril. Así nos encontramos con un algo ingenuo empleado de un banco alemán que visita una pequeña localidad griega para comprobar si están realizando las obras para las que pidieron un crédito. Serio y algo aburrido, este hombre de mediana edad acabará embaucado por unos habitantes que quieren darle gato por liebre. No obstante, el germano caerá rendido a los encantos de los helenos.

Humor y un cierto sentimentalismo algo tonto se dan la mano en una película que dibuja a los alemanes como buenos e inflexibles en conceptos de dinero, y a los griegos como pícaros divertidos. En Bienvenidos a Grecia todo es tan alarmantemente naíf que provoca la vergüenza ajena. Quizá lo más triste sea comprobar que refuerza la peor idea que muchos alemanes tienen de los europeos del sur: que somos una pandilla de vagos que vivimos la vida a costa de los sacrificados teutones.

En fin, puro racismo disfrazado de comedia amable.

 

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