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Crítica de Ready Player One. No hay nada como lo real, nena

Puntuación:

Una curiosa mezcla de nostalgia ochentera y videojuego donde Steven Spielberg establece un puente entre aquellos que fueron niños hace treinta años y sus hijos.

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El director Steven Spielberg fue una figura clave en el cine comercial de los ochenta. Su influencia fue más allá de sus películas como realizador y se extendió a sus producciones para otros cineastas como Robert Zemeckis o Joe Dante. En la mayoría de los casos, aquellas cintas tenían un destinatario claro: el público infantil y juvenil deseoso de puro entretenimiento. Esos menores de hace tres décadas son ahora adultos que miran con nostalgia aquel tiempo y tienen hijos que dedican parte de su ocio a los  videojuegos.

Crítica de Ready Player One

Ready Player One, la adaptación a la gran pantalla de la novela homónima escrita por Ernest Cline, establece un particular puente entre ambas generaciones. Nadie mejor que Spielberg, creador de los hitos del séptimo arte de los ochenta y fan de los videojuegos, para ser el encargado de trasladar al cine esta historia ambientada en un futuro casi apocalíptico donde gran parte de la población se refugia en un mundo virtual  repleto de referencias pop.

Spielberg, ayudado por los guionistas del filme, no se deja vencer fácilmente por la añoranza del pasado. Es cierto que el largometraje contiene un innumerable número de citas y guiños, pero sabe integrarlos con habilidad dentro del conjunto. Por otra parte, al igual que los títulos que fundamentaron la fama del denominado Rey Midas de Hollywood, nos encontramos con una trama donde los adolescentes y niños son los principales protagonistas. A la vez, el responsable de Parque Jurásico demuestra que, a pesar de ser ya septuagenario, conoce a la perfección e lenguaje de las producciones para consolas.

En este sentido, el cineasta estadounidense mantiene un extraño equilibrio entre clasicismo e innovación. Por un lado, hay una cierta preocupación por la narración, centrada en las peripecias de un grupo de chavales que luchan contra el dueño del videojuego que tiene enganchado a gran parte del planeta, aunque sin descuidar la espectacularidad de las batallas.

En algunos momentos, como aquel en el que los protagonistas se introducen en una mítico filme terrorífico de principios de los ochenta, el autor de Salvar al soldado Ryan roza lo magistral. El resto alcanza una perfección técnica impresionante, aunque en ocasiones alargue innecesariamente los momentos más adrenalíticos. También resulta un tanto hipócrita que la moraleja de la película defienda la supremacía de la realidad sobre la ficción más escapista cuando plasma el universo virtual de una manera fascinante.

Son dos pequeños inconvenientes que no empañan un entretenimiento que hará las delicias de los progenitores nostálgicos y sus vástagos adictos a los videojuegos.

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