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Crítica de 7 días en Entebbe Quien mucho abarca, poco aprieta

Puntuación:

Apagada crónica de un famoso secuestro aéreo perpetrado en los años setenta por un grupo terrorista donde se mezclaban alemanes de las Células Revolucionarias y miembros del Frente de Liberación Palestina.

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José Padilha, el director  de Tropa de élite y varios episodios de la serie de televisión Narcos, pretende en 7 días en Entebbe ofrecer una visión lo más completa del secuestro de un avión procedente de Tel Aviv que ocurrió en 1976 . Sin embargo, como muy bien nos dice el refrán: “Quien mucho abarca, poco aprieta”.

El director y Gregory Burke, el guionista del largometraje y responsable del libreto de la notable ‘71, tratan sin demasiada suerte que comprendamos la posición de las partes implicadas.

Crítica de 7 días en Entebbe

Así nos enseñan las dudas de los terroristas germanos, el heroísmo de la tripulación, el miedo de los pasajeros, las medidas tomadas por el gobierno israelí para hacer frente a la crisis y los modos tiránicos de Idi Amin Adá, el presidente de Uganda durante gran parte de los setenta, que permitió que el avión raptado aterrizará en su país.

Todo está simplemente esbozado y apenas se profundiza en ningún aspecto. Por si fuera poco, la escasa relevancia que se da a los miembros palestinos del comando resulta bastante sospechosa, así como la benevolencia con la que se trata a las autoridades del estado de Israel. A ello hay que añadir unos innecesarios flashbacks, que explican las motivaciones de los revolucionarios germanos para participar en el secuestro, o el pretencioso montaje paralelo que relaciona un ballet con la misión de liberación de los rehenes.

Sin embargo, quizá el principal pecado que comete Padilha en 7 días en Entebbe sea ofrecer un thriller apagado y carente de la más mínima tensión. La corrección formal no basta para que aquello que nos muestra en pantalla interese lo más mínimo.

La dirección de actores tampoco sobresale precisamente. Mientras Daniel Brühl convence como revolucionario con dudas morales, Rosamund Pike sobreactúa al encarnar a una secuestradora alemana. No obstante, quizá lo más sonrojante sea ver a un espléndido actor como Eddie Marsan caer en el más absurdo de los ridículos en su interpretación del político Shimon Peres.

Una caracterización grotesca y un acento excesivamente impostado refuerzan más si cabe la incredulidad que despierta esta recreación de un suceso real.

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