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Crítica de Burning

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Burning proviene de Quemar graneros, el pequeño gran relato de 20 páginas de Haruki Murakami, dentro de los cuentos El elefante desaparece, donde lo rutinario se convierte en misterio con pocas palabras. Lee amplia el universo de Murakami y sus entrelazados personajes de sus historias con distintas aristas en un thriller emocional poco convencional

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A veces es complicado saber quién es el protagonista en sí de la película que se está visionando. Es el caso de Burning del director coreano Lee Chang-dong que nos hace viajar entre los tres personajes de su última película hacia una búsqueda del querer en toda su extensión, mucho más allá del amor, el querer en posesión, en recuerdos, en status y sobre todo en querer ser y soñar.

Lee Chang-dong tiene la gran habilidad de comenzar sus películas con historias casi de azar, de encuentros y desencuentros, y en el medio seguir varias líneas de guion para que el espectador se mantenga atento a cada una de las tramas. Puede que al final se junten, pero eso es algo que saldrá de la interpretación de cada persona.

Jongsu es un joven mensajero que un día se encuentra por casualidad con Haemi, una chica de su infancia a la que no veía desde hace años, y que incluso no reconoció en el primer momento. Ahora pareciendo que el tiempo no hubiera pasado ella le pide que cuide su gato mientras que viaja a África. Cuando vuelve, viene acompañada de Ben, un joven bastante misterioso de alto standing que conoció durante los días de turismo. Ahora los tres se encontrarán de vez en cuando, aunque Jongsu no aprecie demasiado a la tercera persona que ha aparecido en su vida, pero sobre todo cuando éste le hace una pequeña confesión, que no sabe lo que tiene de verdad o de fantasmada.

 

Burning proviene de Quemar graneros, el pequeño gran relato de 20 páginas de Haruki Murakami, dentro de los cuentos El elefante desaparece, donde lo rutinario se convierte en misterio con pocas palabras. Lee amplia el universo de Murakami y sus entrelazados personajes de sus historias con distintas aristas en un thriller emocional poco convencional pero que arrastra un poso de normalidad, por momentos y lo contrario en otros, que no deja indiferente en su desasosiego.

A priori pudiera ser una historia de relaciones amorosas o meramente de amistad, y que acaba en una deriva de tensión, tanto de quien parece el personaje principal, Jongsu, y llegar incluso a pensar que todo es fruto de su imaginación o de una ilusión por una necesidad vital para sobrellevar una situación personal. Además el director coreano vuelve a incidir en las consecuencias del pasado, de cada acto en cada persona, es algo recurrente en su cine, las huellas que se van creando como cicatrices en el alma, ese que aquí busca de sus tres personajes.

La magia de Burning se crece por momentos, centrándose el director por ráfagas en cada uno de ellos, esos tres jóvenes que navegan en sus vidas sin rumbo fijo, y sin saber qué piensa uno del otro. Una cinta que te lleva por derroteros de misterio, de desasosiego pero al mismo tiempo de paz, porque su ritmo es pausado y su cámara capta todo, recreándose en las actuaciones de cada uno de ellos.

Destacar cada una de las interpretaciones, que hay que decir que uno piensa que está viendo la vida real, cualquier situación que pueda ver cuando está en la calle, en ningún momento a los actores se les nota forzados, todo lo contrario, la naturalidad es la norma en cada secuencia, en cada imagen, y llevan a buen puerto eso diálogos que parecen simples, llanos, pero están llenos de acertijos, pareciendo crucigramas para poder desgranar la historia.

Burning dura 148 minutos, y si durara el doble uno seguiría pegado a su butaca. El director Lee Chang-dong crea una gran atmósfera, una historia sin principio ni final, sino todo lo contrario, un conjunto que admite cualquier interpretación y dibujo emocional poco racional, con un tono tanto en imagen como en diálogos que nos convencerá para saber que un largo metraje no tiene que ser sinónimo de extensión, por lo contrario aquí todo está medido para que nada quede inconcluso, pero tampoco narrado y poder imaginar. Pura magia del cine.

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