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Crítica de Un otoño sin Berlín

Lara Izagirre demuestra con su primer largometraje una gran solvencia tanto en la dirección como en el guión.

A veces la sonrisa de una sola persona no basta para contagiar a los demás a seguir su ritmo y restablecer un ritmo de vida apartado por diversas circunstancias. Esa es lo que nos cuenta Lara Izagirre en su primer largometraje y lo hace tanto en guión como en dirección con una gran solvencia.

Crítica de Un otoño sin Berlín

June (Irene Escolar) tiene una mirada triste pero es valiente, aunque su pasado sea duro ha sabido sobrevivir una temporada en soledad. Tiene instinto soñador y es muy impulsiva, por ello decide volver a sus raíces, a ver su familia, amigos y  a su primer amor Diego (Tamar Novas). Sabe que su vuelta no será fácil, pero necesita reestablecer todos los lazos rotos que dejó en su día. Diego sigue más hermético que nunca, su amiga Ane va a ser madre y ella dará clases de francés a un Nico, que le hará ver la vida desde la inocencia infantil, también recuperará la ilusión del sueño de juventud de ir con Diego a Berlín, pero los vientos del sur otoñales lo revolucionan todo.

Un guión y dirección que está hecho desde las entrañas, diseñado desde el dolor y encajado a la perfección con un color tenue que refleja la soledad, la aceptación, la búsqueda de una identidad y las perdidas como algo natural pero a la vez inquietante que se vive en el día a día y que marca a las personas.

Interpretaciones sobrias, contenidas, que no desprenden vitalidad porque no la tienen, porque todas esconden un dolor y una falta que les duele hasta el respirar, pero al mismo tiempo el personaje principal de June quiere arrancar al resto una energía para saltar una barrera que todos tienen puestos como muros en su mente, o al menos eso creen.

En Un otoño sin Berlín todos los personajes han perdido a alguien de distinta manera y cada uno ha reaccionado de una manera muy diferente, lo que sí hay en común entre ellos es la falta de comunicación al respecto y el llevarlo muy adentro. Las ausencias no tienen por qué ser del todo definitivas pueden ser temporales, pero hay veces que incluso esas son más fuertes y dolorosas, pues el saber que esa persona está, pero no accesible hace la herida más profunda para el contrario.

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Es una película dura y bella al mismo tiempo, terrible contradicción pero no siempre la belleza radica en lo bonito visualmente dicho, de las malas experiencias nacen sentimientos positivos y bellos y situaciones para aprender donde no recaer de nuevo.

Una fotografía que está enmarcada en la tonalidad de los personajes, casi sin color, decorados austeros, planos sin sobresalir lo más mínimo, sin luz que se compaginan con el guión solo hay un par de escenas que aparecen el colorido y que parece que la felicidad va a destacar como algo natural, pero se queda ahí en las puertas en algo casi inalcanzable, en casi un sueño.

En Un otoño sin Berlín todos los personajes persiguen un sueño, pero se quedan en eso nada más, en una ilusión óptica.

 

 

 

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