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Crítica de Point Break: Sin límites

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Crítica de Point Break: Sin límites

La trama de suspense original queda reducida a un mero pretexto para la sucesión de secuencias supuestamente espectaculares.

Una cinta vacía que quiere asombrar al espectador con las hazañas de sus personajes, pero solamente provoca la apatía y la risa involuntaria.

Le llaman Bodhi es uno de los títulos señeros del cine de acción de la década de los noventa. La directora estadounidense Kathryn Bigelow, que había ya dado muestras de su talento en Los viajeros de la noche y Acero azul, imprimió energía y poderío visual a la historia de un agente del FBI que se infiltra en una banda de surfistas que atracan bancos ocultos bajo las máscaras de los expresidentes de los Estados Unidos de América.

Crítica de Point Break: Sin límites

Un cuarto de siglo después de aquel filme, el realizador Ericson Core, autor de la olvidada Invencible, se ha encargado de la puesta al día de aquel largometraje policíaco. El responsable de escribir el guion de esta Point break: Sin límites ha sido Kurt Wimmer, firmante de los nada destacables libretos de Salt, Un ciudadano ejemplar o la nueva versión de Desafío total.

En sus manos, la trama de suspense original queda reducida a un mero pretexto para la sucesión de secuencias supuestamente espectaculares donde los deportes de riesgo son los verdaderos protagonistas. Los ladrones han dejado de ser únicamente surfistas y ocasionales paracaidistas para practicar también disciplinas como el salto base, la escalada libre, el motocross o el snowboard. Point break: Sin límites se convierte así en una particular yincana alrededor del mundo con escasa o nula tensión.

En medio de la exhibición deportiva constante en la que se convierte el largometraje, los personajes son meros esbozos sin demasiada identidad. De esta manera, no se entiende la fascinación de Johnny Utah, el agente de la ley que se introduce en el grupo de ladrones, por Bodhi, el jefe de la banda, y tampoco acaba de explicarse bien la inclusión de un romance entre el policía y una joven perteneciente al séquito de la banda de atracadores, que parece una mera excusa para incluir una escena de buceo nocturno.

Por otra parte, Wimmer ha sustituido las particulares peroratas existenciales del líder de los criminales, uno de los aspectos más cuestionables de la cinta de Bigelow, por unas aún más ridículas máximas new age. A la vez, el guionista ha eliminado gran parte del humor que aparecía en los diálogos del original y que aquí está prácticamente ausente.

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A todo ello hay que añadir el escaso carisma de los dos protagonistas de Point break: Sin límites. Édgar Ramírez, un buen actor que ha demostrado en otras ocasiones su talento, no logra captar el halo casi mítico que le imprimió un entonado Patrick Swayze a su Bodhi. Por su parte, Luke Bracey tampoco consigue trasmitir la inocencia que exudaba un joven Keanu Reeves en el papel de agente de la ley.

No obstante, quizá el apartado donde sea más patente la diferencia entre el modelo y su remake sea en la dirección. Core es incapaz de dotar algo de brío a sus imágenes y opta por darles un aspecto excesivamente oscuro y estéticamente feo que juega a la contra de su pretendida espectacularidad. El resultado es una cinta vacía que quiere asombrar al espectador con las hazañas de sus personajes, pero solamente provoca la apatía y la risa involuntaria.

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