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Crítica de Juego de armas. En la senda de Scorsese

Una sátira sobre el tráfico de armas menos mordiente de lo que pretende.

Los directores Adam McKay y Todd Phillips, dos de los máximos exponentes de la comedia más comercial y gamberra del país de las barras y las estrellas, han decidido salir de su área de confort con las películas que han realizado en la mitad de la segunda década del siglo XXI.

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Ambos han recurrido a casos reales para ofrecer sus obras aparentemente más arriesgadas.

El primero se ha aventurado con La gran apuesta, una tragicomedia sobre la crisis económica que encontraba su mayor escollo en la abundancia de jerga financiera de sus diálogos, mientras que el segundo se atreve en Juego de armas con una sátira sobre la venta de material bélico a las tropas norteamericanas en Afganistán.

Crítica de Juego de armas

Phillips comienza su filme dentro de un territorio que conoce perfectamente: las historias de amistad entre hombres. Al fin y al cabo, el primer tercio de su película se centra en la relación entre un tipo harto de dar masajes a domicilio que va a ser padre y el que se convertirá en su socio, un primo tunante que se encarga de buscar aquellos contratos que nadie quiere para suministrar materiales a las tropas estadounidenses. Todo ello, como en gran parte de la filmografía, con dosis de juerga, sexo y drogas.

El autor de Road Trip (Viaje de pirados) se encuentra cómodo en un territorio explorado en la trilogía iniciada en Resacón en Las Vegas. Sin embargo, su ambición le lleva a adentrarse en el género de la sátira política aprovechando que la pareja protagonista deja de encargarse de las partidas más pequeñas para vender armas en mayor cantidad y competir con otras empresas mucho más grandes que la humilde compañía de la que ambos son dueños.

Es entonces cuando Phillips parece emular al gran Martin Scorsese con una de esas particulares historias sobre aquellos que han decidido tomar atajos poco legítimos para conseguir su particular Sueño Americano. No obstante, el responsable de Salidos de cuentas se encuentra lejos de los logros de Uno de los nuestros, Casino y El lobo de Wall Street, tres cintas del cineasta italoamericano con las que podría compararse a Juegos de guerra.

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El responsable de Aquellas juergas universitarias copia a su evidente modelo al utilizar como banda sonora abundantes canciones de pop y rock, y usar una elegante planificación, pero no logra igualar los resultados de las mejores obras del firmante de Malas calles. Su crítica no va más allá de lo superficial y, por momentos, adopta un tono trascendente y moralista, especialmente evidente en la trama secundaria que aborda la relación entre el primo responsable y su pareja, que no termina de encajar del todo bien con su aparentemente desmadrado comienzo.

Pese a todo, Juego de armas se sigue con cierto interés debido principalmente al buen trabajo de unos compenetrados Miles Teller y Jonah Hill, que dan vida a la pareja protagonista; la competente interpretación de la hispano-cubana Ana de Armas y al estupendo acabado técnico de una película que pretende ser más crítica e irónica de lo que realmente es.

Crítica de Julio Vallejo Herán

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