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Crítica de Barry Seal: El traficante. El pícaro americano

Puntuación:

Entretenido thriller con elementos de comedia negra acerca de un ex piloto de la TWA que mantuvo un doble juego con las autoridades estadounidenses y los narcos.  

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Barry Seal: El traficante, el largometraje de Doug Liman, se puede considerar el reverso de Infiltrado, la película de Brad Furman protagonizada por Brian Cranston. Si en aquella éramos testigos de cómo un agente de la DEA se adentraba en el peligroso mundo del narcotráfico para desmantelarlo, aquí nos encontramos con un piloto que es fichado secretamente por el gobierno norteamericano en labores de espionaje, accede a trabajar para el Cártel de Medellín y, casi simultáneamente, se convierte en un particular espía estadounidense en la lucha contra las drogas.

Ambas cintas están basadas en hechos reales y ambientadas en los ochenta, pero las dos tienen a personajes muy distintos. Mientras que el topo que encarnaba Cranston era un hombre cansado de su peligrosa labor y enormemente preocupado por su familia, el aviador, que interpreta con gracia Tom Cruise en la película de Liman, es una suerte de pícaro norteamericano que es capaz de cualquier acción con tal de enriquecerse y sacar provecho propio. Quizá le redima un tanto de su amoralidad el amor que profesa a su esposa e hijos, y su temor a que les hagan daño.

No obstante, lo que diferencia verdaderamente a Barry Seal. El traficante sobre su predecesora es su tono de comedia negra. El director, con ayuda de un guion firmado por Gary Spinelli (La casa de seguridad), nos retrata unos Estados Unidos donde el dinero se ha convertido en el Dios principal y todo el mundo hace la vista gorda con tal de conseguirlo. La moralidad queda a un lado cuando existe un beneficio económico. Lo mismo se puede decir de unos servicios secretos, capaces de tolerar cualquier ilegalidad si con ello logran sus intereses políticos.

Liman, director de El caso Bourne y Al filo del mañana, sabe imprimir un ritmo frenético a las peripecias de su protagonista mezclando material de archivo de la época, una particular confesión a cámara de su personaje principal que logra perfectamente captar la textura de los viejos vídeos caseros y una sabia combinación de acción, comedia y canciones pop. Por su parte, Tom Cruise saca provecho de un protagonista con muchos claroscuros y demuestra que puede ser un cómico más que eficaz.

Quizá el talón de Aquiles de la cinta se encuentre en la banalidad con la que afronte asuntos clave de la política estadounidense de la época. Es cierto que el filme no se propone realizar un análisis profundo de la era Jimmy Carter y los primeros años del gobierno de Ronald Reagan, aunque esa no sea excusa suficiente para tratar de una manera excesivamente ligera pasajes tan importantes como el apoyo del gobierno norteamericano a la Contra y a dictadores como el general panameño Manuel Antonio Noriega, o la propia lucha contra el narcotráfico.

Todo ello no impide que nos encontremos con un inteligente y divertido blockbuster que podrán disfrutar tanto los jóvenes como un público más maduro.

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