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Análisis de “Breaking Bad”. Recordaremos tu nombre

Un Especial sobre la serie de TV “Breaking Bad” y su recordado final, tras 5 inolvidables Temporadas.

Supongo que no hace falta decirlo, pero los que no hayáis visto el final de Breaking Bad ya podéis dejar de leer porque las siguientes líneas tienen SPOILERS como para parar un tren cargado de metilamina. Vamos allá.

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“De Mr. Chips a Scarface”

Si Breaking Bad ha marcado un hito en la historia de la televisión y, porque no decirlo, del cine –y sino tiempo al tiempo. En Tribeca Film podéis leer un artículo bastante interesante que habla del tema– es porque ha sido rompedora con el modelo narrativo serial al que estamos acostumbrados. Si os hacéis el favor, los que no lo hayáis hecho ya, de empezar la serie otra vez os daréis cuenta de que el primer capítulo no sólo marca las líneas generales del desarrollo íntegro de la historia, sino que además ya anuncia el destino final de la misma. Walter White va a convertirse en un capo de la droga, se volverá malvado (el título de la serie no podría ser más explícito en ello) y, de una forma u otra, va a morir. Pero el propio Walter en su clase de química suelta esa perla: “la química es el estudio de la transformación” y más adelante “todo es química”. Esta es la esencia de Breaking Bad, la transformación, el gozo de ver el proceso con minucioso detalle, este viaje que importa tantísimo más que el destino y que tanto defendía Damon Lindelof tras el decepcionante final de Lost (de hecho, aún tengo la duda si el plano final de Walter tumbado en el suelo boca arriba es un guiño pernicioso a uno de los planos finales de Jack en su cierre).

Una de las marcas narrativas de esta serie es justamente el juego de anticipación. Gilligan recurre una y otra vez a flashforwards, sean del final del capítulo, del final de la temporada o de en medio de ella; para marcar puntos relevantes en la trama y crear así dudas a la par que expectativas en el espectador. El uso de los flashforwards ha dejado momentos míticos como el inolvidable “hello, Carol” o este desayuno que abre el 5×04 “Fifty-One” en que una Skyler encerrada en sí misma deja, por primera vez, de dibujar con bacon el número de años que cumple Walter en su aniversario. En definitiva, es un uso muy inteligente de este recurso literario porque es utilizado para enfatizar los detalles porque, en el fondo, por norma general es la variación de estos detalles lo que Gilligan utiliza más a menudo para describir de una forma visual los cambios en la vida o en el carácter de sus personajes.

El punto álgido de este mecanismo es la apertura del 5×14 “Ozymandias” –sin duda el capítulo estrella de la última temporada–, en que empezamos con un flashback de la primera vez que Walt y Jesse cocinan en la caravana y Walt le cuenta la primera mentira (inocente, ensayada, fácil, efectiva) a su mujer, para terminar en el tiroteo que acaba con la vida de Hank tras ver como los elementos que teníamos al inicio, tan marcadamente naifs, se iban desvaneciendo sin dejar rastro alguno porque, llegados a este instante, los protagonistas ya se han devenido en otra cosa totalmente diferente, corrompida y violenta.  En este momento Gilligan convierte el lenguaje audiovisual en una reacción química acelerada que nos lleva al fin del viaje porque, no nos engañemos, el recorrido culmina en “Ozymandias” ya que en este capítulo es donde muere de una vez por todas Heisenberg (llegados aquí Walter White ya es un simple recuerdo) y los dos últimos capítulos giran en torno al fantasma de Walter en busca saldar su cuenta pendiente (proveer por su familia e impedir que la metanfetamina azul siga produciéndose sin él) antes de desvanecerse para siempre.

“Sin Tony Soprano, no existiría Walter White”

A día de hoy se hace imposible decir si Breaking Bad ha marcado un precedente o es un caso aislado, pero hasta la fecha ninguna serie había marcado hitos tan altos en la historia de la televisión y posiblemente sea la corona de esta Edad Dorada de la ficción televisiva que vivimos a día de hoy. Vince Gilligan, alma mater de la serie, ha reconocido que Breaking Bad es deudora de varias de sus predecesoras, sobre todo de Los Soprano a nivel temático y de desarrollo, pese que en ella se pueden distinguir rasgos de otras tantas series que de un modo u otro han marcado la evolución del género como Twin Peaks, The Wire o Lost. En Breaking Bad confluyen muchas de las cualidades que hicieron no sólo buenas, sino revolucionarias estas otras series y lo hacen de tal forma que el empaque resulta perfecto como nunca antes lo había sido: un tratamiento cuidadísimo de todos los personajes, una constitución orgánica del desarrollo argumental, una puesta en escena rompedora y una insistencia por hacer de cada escena un momento relevante dentro del conjunto (algo que es muy y muy difícil y que, según mi opinión, sólo The Wire había conseguido hasta ahora con excelencia).

Breaking Bad es, por encima de todo, una serie en que los personajes son más importantes que los sucesos. Algo que, por ejemplo, Lost empezó a olvidar a partir de la tercera temporada. La trampa en la que nos hace caer la serie no tiene que ver con el engaño o con algún giro argumental rocambolesco, sino en algo tan simple como el punto de vista. Gilligan nos induce a querer a Walter White porque es un pobre infeliz que encima se va a morir y va a dejar a su familia a la estacada. Es imposible no empatizar con él. El propio Walt es redundante en el hecho de que todo lo que hace, lo hace por su familia; algo que finalmente confiesa que era mentira en el último capítulo a modo de confesión final a Skyler, pero que realmente es un argumento que se derrumba del todo en el momento en que decide asociarse con Gus Fring por razones tan poco nobles como el egocentrismo y la codicia.

De un modo muy inteligente, hasta la quinta temporada los guionistas han manejado muy bien los pasos de Walter hacia su Yo monstruoso añadiendo circunstancias atenuantes a sus actos criminales. “Tuco quería matarme”. “No sabía que era el padre de Jane”. “Eran ellos o nosotros”. “Era necesario para protegernos”. Etcétera. Siento especial devoción por el momento en que Walter coge el micro en la terapia grupal del instituto post-accidente aéreo (3×01 “No más”) y empieza a soltar estadísticas y argumentos racionales para frivolizar sobre el asunto y liberarse así de la enorme culpa que acarrea, esta culpa concentrada en el ojo del peluche violeta que le mira fijamente tantas y tantas veces en varios capítulos. En cualquier caso aquí todavía es un pobre hombre que va a remolque de la situación, y es así hasta que en la quinta temporada ocurre algo inédito: Walter no tiene némesis y Heisenberg toma el mando. Es más, en esta temporada es un ex enemigo como Mike el que aporta el componente humano, ya que es él el que entra en el negocio para procurar por sus allegados, tanto su nieta como los compañeros que pagan la caída del imperio de Fring y que Heisenberg elimina sin escrúpulos en el 5×08 “Gliding Over All”.

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Este cambio de tercio hace que la serie sea merecedora de un revisionado exhaustivo. Tras los atronadores silbidos con los que Walter demuestra haber perdido todo rastro de conciencia (en el 5×06 “Buyout”) nos damos cuenta que este hombre al que todos apoyamos es un auténtico monstruo y es a partir de ahí que, después de tanto quererlo, empezamos a desear su declive. De golpe y porrazo el espectador deja de estar en la piel de Walter White y ve la historia desde los ojos de Skyler (tantas veces denostada por los seguidores de la serie), contemplando con asombro, como hizo ella en la tercera temporada, como alguien por quién sentíamos cierto afecto hace tiempo que se ha transformado en un completo hijo de perra irreconocible de nombre (5×07 “Say my name”) Heisenberg.

Este cambio de ángulo sería imposible si, a parte de Walter, no hubiera habido también una evolución igual de exhaustiva de cada personaje en forma de daños colaterales. La depresión y posterior sumisión de Skyler –que toca fondo con el intento de suicido/llamada de socorro en el 5×04 “Fifty-One”–, el deterioro físico de Hank o el hundimiento progresivo de Jesse, un personaje que ha pasado de tener que morir al final de la primera temporada a convertirse en la proyección visible de las consecuencias del mal que crece en su mentor (el pobre se harta de perderlo todo una y otra vez, mientras Walter no paga ningún peaje); son daños colaterales que de golpe y porrazo, ante la ausencia de alguien peor que Heisenberg, se revelan como víctimas directas de un culpable único. Al igual que Tony Soprano (incluso más), por muy vulnerable que parezca Walter White y por razonables que a veces parezcan sus motivos en algún momento, la realidad es que es un auténtico monstruo al que hemos tenido que querer muchísimo (en gran parte por lástima) para llegar a despreciarlo.

Gray Matter o “el negocio de un imperio”

La mayoría estaremos de acuerdo en que el final de Breaking Bad es redondo. No perfecto, pero sí redondo. Como cualquier final de serie (sobre todo las de largo recorrido) el capítulo final tiene un sabor nostálgico inherente a la despedida. Hay cuotas de pantalla que cubrir, un espacio para el auto homenaje, una reticencia a encontrar un momento último y, en el caso de Breaking Bad, una –según mi opinión– equivocada búsqueda de la redención para Walter, o de su fantasma. Aunque la confesión a Skyler (5×16 “Felina”) es un momento álgido en el cómputo global de la serie, lo cierto es que es algo que el protagonista no se merecía. Para el espectador ya quedaba claro que la terrorífica llamada que le hace en 5×14 “Ozymandias” es su último acto de amor hacia ella, un discurso cruel y terrorífico que ocultaba una disculpa entre líneas, amparado por el punto de no retorno en el que Walt se encuentra en este instante. Ni era necesario oírle decir a Walt que lo hizo todo por sí mismo (esto el espectador ya lo sabía) ni verle acariciando a su hija por última vez, pues supone un pequeño destello de esperanza y bondad que ya no forman parte del personaje en los últimos pasos de su viaje porque abren un resquicio para una redención imposible a estas alturas.

En cambio sí que funciona muy bien porque está plenamente justificada la conclusión de su historia con Jesse, pero antes de llegar a esto vale la pena mirar atrás y fijarnos a la historia de Walter con Gray Matter.

Es muy relevante el hecho de que la relación de Walter White con Gretchen, Elliott y la farmacéutica multimillonaria Gray Matter que cofundaron sea el único punto ciego que ha legado la serie. El pasado de Walter es algo que vamos descifrando en cuentagotas a través de un rastro de migajas cuanto menos confuso que va dejando la serie de vez en cuando. Sabemos que Walt fue el gran artífice de los millones que ganó la compañía, pero que la dejó por unos pocos miles de dólares para, primero, dedicarse a su familia y, segundo, para alejarse de una especie de aventura con Gretchen (sin especificar si ella ya estaba con Elliott y él con Skyler). En todo caso, después de marcharse Walt, Gray Matter prosperó.

Toda esta historia más o menos difusa justifica varios aspectos del carácter de Walter. Primero reafirma, por un lado, su devoción absoluta por su familia pero, por otro, deja entrever que puede existir un cierto recelo hacia ellos porque de algún modo le impiden su prosperidad individual. En segundo lugar, está claro que esta mancha en su pasado es la causa de una cicatriz que empujará a Walter a cometer una serie de errores para no quedarse, otra vez, sin una parte sustancial de un negocio millonario.

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Aquí hay dos temas que confluyen. En primer lugar, algo tan racional como el remordimiento que se arrastra al convertirte en un perdedor casi por voluntad propia (debido a un error de cálculo y a la falta de ambición) mientras otros se convierten en gente importante gracias a tu trabajo. Y en segundo lugar está el carácter egocéntrico de Walt, junto con su curtida obsesión de no perder de nuevo el hecho de ser el mejor en algo y ganar el reconocimiento que cree que se merece.

En el capítulo 2×03 “Bit by a Dead Bee”, en el que aparece desnudo en un supermercado simulando un bloqueo mental, Walter le confiesa lo siguiente a su psiquiatra aprovechando la confidencialidad médico-paciente:

“Mi mujer está embarazada de siete meses de un bebé que no deseábamos, mi hijo de 15 años padece parálisis cerebral y yo estoy extremadamente sobre cualificado para ser un simple profesor de química. Cuando puedo trabajar, gano 43.700 dólares al año. He visto a todos mis compañeros y amigos superarme en todo lo posible y en 18 meses estaré muerto. ¿Y usted pregunta por qué huí?”

Si cambiamos “huir” por “cocinar metanfetamina” la declaración es más que reveladora. Fabricando cristal no solamente gana dinero, sino que es el mejor, tiene reconocimiento del “sector” y se siente vivo haciéndolo, tal y como demuestran los diferentes impulsos de vigorosidad con su esposa después de hacer algo ilegal (y reafirma la subrayada confesión ya mencionada a Skyler). Como químico –y esto es importante porque a efectos prácticos lo único que hace es ejercer su oficio– Walter logra en el submundo de la droga lo que no consiguió como empresario farmacéutico y esto es lo que le impide dejarlo en las innumerables ocasiones que tiene de hacerlo saliendo indemne y cubriendo los gastos de su familia de por vida. Sin embargo, como le dice Walt a Jesse en el 5×06 “Buyout”, él en realidad está en “el negocio de un imperio” al que no va a renunciar y lo que lo convierte en un auténtico villano es que no le importa pasar por encima de cualquiera, incluso de su familia, y dejar un rastro de cadáveres a su alrededor para alcanzar su meta.

Ozymandias

El poema Ozymandias –apodo con el que también se conoce al faraón Ramses II– de Percy Bysshe Shelley que entona Walt en uno de los spots del segundo tramo de la quinta temporada básicamente habla del fin de los líderes y de los imperios, por muy poderosos que puedan llegar a ser. Pero el soneto también habla de la inmortalidad del mito. “Remember my name” es el eslogan que encabeza el tramo final de Breaking Bad y justamente el último acto gira en torno a la dualidad entre la destrucción y el recuerdo del Rey.

Creo que es un error cualificar el final de la serie de conservador, ya que es muy poderoso a nivel su textual y muchos de los acontecimientos finales pueden parecer ambiguos en cuanto a motivaciones. El catalizador del regreso de Heisenberg, al final del 5×15 “Granite State” es precisamente que Gretchen y Elliott ningunean SU nombre –“sólo le puso el nombre”, dice Elliott, insistiendo otra vez en este concepto–. No sólo están dando dinero para combatir su legado (un órdago de adictos a la metanfetamina y un mercado internacional de su producto), sino que además niegan cualquier relevancia de su implicación en los éxitos de Gray Matter.

El plan maestro de Heisenberg para el final tiene tres ramificaciones: una es lograr, definitivamente, abastecer a su familia. Otra es vengarse de sus antiguos compañeros y la última de todas es impedir que su imperio tenga continuidad más allá de su persona. Respecto a sus ex compañeros, tiene el inconveniente de que no puede acabar con ellos porque los necesita para hacer llegar el dinero a su familia y debe conformarse con hacerles vivir aterrorizados durante los próximos años (que en cierto modo puede resultar peor que la muerte en sí), aunque tiene sentido que les deje vivir porque Gray Matter ya no es su imperio desde hace tiempo; la metanfetamina azul sí que lo es y unos neo nazis que mataron a Hank se están aprovechando de ello.

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Uno de los rasgos que se desprenden del poema Ozymandias es que, a pesar de que el líder cae con su imperio hay un fuerte componente de orgullo en ello, ya que infiere a la existencia de un lazo indisociable entre el creador y su obra. He ahí la cuestión del fin de su relación con Jesse. Si Walt decide que merece ser salvado es porque ve que el chico está cocinando su producto en contra de su voluntad. Va a matarlo, pero cambia de opinión en el último instante. En cuanto a Walt respecta,  hacía tiempo que le daba por muerto y, cuando se entera que sigue cocinando, lo primero que piensa es que es socio de Jack y los suyos. La mirada que ambos se intercambian al final es una mescolanza de reconocimiento, respeto mutuo y también de perdón –cada uno por razones distintas, Jesse porque lo ha salvado, Walt porque Jesse ve que le ha sido fiel hasta el fin–, ya que ambos saben que sus caminos se separaron mucho tiempo atrás.

Al final, Walter White/Heisenberg obtiene la muerte que merece: en un mausoleo rodeado por su gran obra (entiéndase un laboratorio de metanfetamina), en la soledad de la cima, sin ser capturado por la policía ni derrotado por el cáncer y rodeado por las ruinas de su imperio, con su nombre grabado en un templo –su casa en Albuquerque con su nombre escrito en la pared, convertido en una especie le lugar de peregrinaje– para toda la eternidad.

No queda nada a su lado. Alrededor de las ruinas

de este colosal naufragio, infinitas y desnudas

se extienden, a lo lejos, las solitarias arenas.

Ozymandias-

Acerca de Gerard Fossas

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